top of page

Novela romántica 7: Un baile y un secreto por Noor Azur

  • Foto del escritor: Noor Azur
    Noor Azur
  • 16 nov 2025
  • 10 Min. de lectura

Actualizado: hace 7 horas

—Te lo digo en serio, Chloe —le dije a mi amiga mientras Mila nos servía la segunda ronda de French 75 en el NŌMA Bar—. A estas alturas, no sé si buscarme un sugar daddy de sesenta que ya no tenga nada que ocultar o simplemente aceptar que mi única relación estable a mis 30 y pico será con mi hoja de cálculo. Los hombres de nuestra edad son un campo de minas: o están traumados, o mienten por deporte, o son tan tóxicos que deberían venir con una etiqueta de advertencia de la OMS.

Chloe rió detrás de su copa. —¿Y uno más joven, Galia? Dicen que vienen con menos equipaje. —¿Un niño? Ni loca —sentencié con la seguridad de quien cree tener su vida bajo un control milimétrico—. Nunca me han gustado los principiantes. Yo necesito estructura, no alguien a quien tenga que enseñarle a usar un calendario.


Pero la vida es una cínica con un sentido del humor retorcido. Porque dos noches después, en medio de un centro nocturno, la vida me puso enfrente a él.


Él no tenía estructura. Él tenía ritmo. Un bailarín de veintitantos años con un cuerpo que parece diseñado para subir la temperatura de cualquier habitación y una forma de moverse que hizo que todos mis cálculos, estadísticas y proyecciones financieras se fueran directo al diablo en el primer beat.

Yo soy la CFO de una de las empresas más importantes en Azuria Bay; mi mundo se rige por hechos verificables y resultados trimestrales. Pero ahora, me encuentro scrolleando TikTok a las dos de la mañana como una adolescente, buscando desesperadamente el rastro de ese "jovencito" que me obligó a dejar de pensar.


Si quieres descubrir si terminé encontrando en una ciudad de tres millones de habitantes a ese sexy chico veinteañero, continúa leyendo. Te voy a contar todos los detalles de cómo me pusieron a sudar más de lo que he sudado en cinco años... y eso que ni siquiera piso un gimnasio.


¿Te atreves a perder el control conmigo en la novela romantica Un baile y un secreto?




Capítulo 1: Deja de Pensar


Mi nombre es Galia Montgomery y, en teoría, debí estar en mi cama revisando el flujo de caja proyectado para el tercer trimestre. Como jefa de finanzas, mi vida suele medirse en balances, auditorías y el aroma constante a café espresso de alta gama. Pero esa noche, las luces de los rascacielos de Azuria Bay decidieron que mi hoja de cálculo podía esperar y ahora, 24 horas después, no puedo dejar de pensar en él y en lo que pasó ayer por la noche. Luces, música, baile... y ghosting. El chico más atractivo que he visto me dejó plantada en medio de la pista del club más exclusivo de la ciudad, y ahora lo busco en redes sociales y no aparece por ningún lado. Ya no hay dudas: me enamoré de un jovencito.


Todo empezó con una noche con amigas en Flux District; calles llenas de luces, música, gente riéndose, bailando, bebiendo. Este es el distrito más bohemio y trendy de Azuria Bay. Yo, Galia, CFO de Epicurean Ventures, me había prometido pasar la noche frente a mi laptop, revisando balances hasta que me sangraran los ojos. Pero mis amigas —Tara, Chloe y Maka— me secuestraron con un argumento imposible de rebatir.


—¡Galia, por el amor de Dios, deja de mirar el reloj! —gritó Maka.

Estábamos en un Uber Black atravesando el puente hacia Flux District. Esas tres beben martinis como si fueran agua; me habían arrastrado fuera de mi zona de confort. Yo llevaba un vestido muy corto y ajustado negro que, según Chloe, resaltaba con mi piel tan pálida y hacía que mis curvas parecieran una invitación al pecado.


Así que, con un vestido negro corto, entré al club de moda: el Oroya Club. El lugar es puro exceso estético: cócteles servidos en vasos con luces LED, gente streameando en vivo desde la pista, un DJ mezclando música bailable y drones zumbando sobre la multitud.


Mientras lo miraba, seguí caminando detrás de mis amigas. Nos instalamos en un reservado cerca de la pista. Mientras las chicas pedían la primera ronda de Grey Goose, yo hice lo que mejor sé hacer: observar. Analizar. Evaluar el retorno de inversión de estar aquí un sábado a la medianoche. Pero entonces, mi sistema operativo mental sufrió un cortocircuito.


Como en las películas, la multitud parece desaparecer mientras él aparece al final de la pista, moviéndose con una destreza que ni en diez vidas podría replicar. Este tipo baila mejor que cualquier dance trend en redes sociales que haya visto y, sinceramente, está más caliente que mi plancha en días de lavandería.


Era un insulto a la salud pública. Tendría unos veintipocos años, esa edad en la que el colágeno y la arrogancia están en su punto máximo. No era solo atractivo; era magnético. Tenía el cabello castaño revuelto, una mandíbula que podría cortar diamantes y una forma de moverse que hacía que la música pareciera estar escrita exclusivamente para su cuerpo. A su alrededor, un círculo de mujeres lo devoraba con la mirada, prácticamente babeando sobre sus propios escotes, pero él bailaba con una especie de desapego, como si supiera que era el sol y todos los demás simples planetas en su órbita.


—Vaya —susurró Chloe a mi lado—. Si yo tuviera unos años menos, ese chico sería mi cena.

Yo no dije nada. Me limité a tomar un sorbo de mi bebida, tratando de ignorar la forma en que mi pulso había decidido imitar el bajo de la canción de Sexy Back de Justin Timbaland que retumbaba en las paredes.


Él, en su escenario improvisado, baila para un dron que zumbaba a su alrededor, capturando cada movimiento. Y yo solo pude pasarme la mano por la nuca; sentía mucho calor. Cada paso, cada movimiento, tiene esa vibra sensual que no puedo ignorar. Es muy masculino bailando, y eso era muy sexy; los movimientos lentos al ritmo de la música son jodidamente sensuales. Así que fantaseo mientras observo cómo sería este hombre haciéndome un baile erótico en la sala de mi casa, cómo se vería sin nada de ropa, cómo debe ser en la cama.


Y ahora estoy pensando en tener sexo. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en esto?

Galia, por favor, componte; eres una mujer adulta, elimina esos pensamientos calenturientos. 

Nunca me había interesado el baile, pero ahora me declaro fan número uno de los hombres que saben moverse... Dios, hace demasiado calor, necesito otro trago y abanicarme con la mano.


Mi grupo de amigas grita. Maka casi derrama su trago: —¡OMG, es él! El Hugo, el del challenge de Drake. Yo lo sigo en TikTok.


Ruedo los ojos. —¿Y qué? Solo es un bailarín.

Mentira descarada: no puedo apartar la mirada.


De repente, el universo decidió jugarme una broma muy pesada. Él giró sobre sus talones, su mirada barrió la sala con la precisión de un radar y se detuvo. Justo en mí. Sus ojos eran claros, brillantes, y me miraron como a un desafío que estaba ansioso por resolver. Se abrió paso entre la multitud. Ignoró a las jóvenes y atractivas mujeres que intentaban llamar su atención rozándose contra él; caminó directo hacia nuestro reservado. Se detuvo frente a mí, extendió una mano grande y firme, y me dedicó una sonrisa que debería ser ilegal en cuarenta estados.


—Baila conmigo —dijo. Su voz era profunda, una vibración que sentí en la base de la columna.

Mis amigas se quedaron en silencio, conteniendo el aliento. Yo, la mujer que cierra tratos de siete cifras sin parpadear, sentí que mis pulmones se olvidaban de cómo procesar el oxígeno.


—No —respondí—. No sé bailar. No quiero bailar.


No era una mentira total. Sabía moverme, pero mi cuerpo siempre se sentía demasiado rígido. Además, yo no me dejo llevar por cachorros de veintitantos años. Él arqueó una ceja, me lanzó una última mirada cargada de una promesa que no supe leer y regresó a la pista sin decir una palabra más.

—¡Galia! Se nota que quieres algo más con él, no lo rechaces —chilló Tara, dándome un manotazo en el brazo.


Casi me ahogo con mi bebida ante sus palabras. «¿Qué?».


Traté de ignorarlo. Traté de concentrarme en la conversación, pero mis ojos eran traidores. Cada cinco segundos, mi vista se desviaba hacia el centro de la pista. Él estaba allí de nuevo, rodeado de gente, pero cada vez que giraba, sus ojos buscaban los míos. Estaba bailando para mí. Era una exhibición de poder, de juventud, de vitalidad pura. Y yo, por mucho que intentara negarlo, no podía apartar la mirada. Estaba hipnotizada por la forma en que el sudor hacía brillar su piel bajo las luces de colores.

Pasaron veinte minutos, o quizás una hora, o tal vez 24. En ese lugar, el tiempo se diluía.


Cuando la música cambió a un ritmo más lento, más pesado, más visceral, lo vi acercarse de nuevo. Esta vez no hubo invitación. No hubo preguntas. Se detuvo frente a mi silla, me tomó de la muñeca con una firmeza que me dejó sin aliento y, antes de que pudiera protestar con alguna excusa, me jaló hacia la pista. El contacto de su piel con la mía envió una descarga eléctrica que me recorrió los brazos.

—Dijiste que no sabías bailar —murmuró cerca de mi oído cuando estuvimos rodeados de cuerpos sudorosos—. Pero no dejas de mirarme. Las mentirosas necesitan un castigo.


Me quedé en silencio observándolo; no sé si por insolente o porque me había desconcertado cómo me había leído sin conocerme. Después escuché la segunda cosa que más me desconcertó de la noche:

—Deja de pensar... escucho los engranajes de tu cerebro desde aquí.


Boom. Uppercut directo a mi sistema nervioso. Repaso TODO en un segundo: proyecciones de gastos de cada brunch corporativo, el tiempo perdido esperando un Uber... Dejar de pensar no está en mi diccionario. Y aun así, ahí estoy, a punto de dejarme arrastrar.


La música cambia. Entra un beat de house latino. Él se mueve. Mi instinto grita "NO", pero mi cuerpo —traidor absoluto— dice: "OK, vamos a intentarlo".


Me quedé rígida cuando sus manos se posicionaron en la parte baja de mi espalda. Estaban calientes, posesivas. Me pegó a su cuerpo y, de repente, todos los "no" desaparecieron.

—Relájate —ordenó. Esa autoridad en su tono me hizo estremecer.


Empezó a moverse, guiándome con sus caderas. Al principio yo era una estatua de mármol, pero él era persistente. Su cuerpo se movía contra el mío de forma pecaminosa, lenta, obligándome a sentir el ritmo. Poco a poco, los muros que había construido empezaron a desmoronarse. Cerré los ojos y dejé que la música me invadiera. Por primera vez en años, era solo Galia: una mujer que vibraba bajo el toque de un hombre que la miraba como si fuera el centro del mundo.


Me dejé llevar. Mis caderas empezaron a seguir las suyas; mis manos subieron por sus hombros, sintiendo la dureza de sus músculos. Se inclinó hacia mi oído para susurrar: —¿Cómo te llamas?

Su aliento en mi cuello me hizo vibrar. Él se dio cuenta y sonrió nuevamente. —Galia —le dije, pero él, simulando que no me había oído, acercó su rostro al mío para escuchar mejor.


Cuando me acerqué a su oreja para repetir mi nombre, se giró y nuestros labios se rozaron. Me quedé congelada. Sin despegar los labios, nos miramos, y la intensidad de su mirada me hizo sentir cosquillas en todo el cuerpo. Rápidamente, me separé y le pregunté su nombre. Él sonrió y respondió: —No necesitas saberlo para bailar.

Entonces fui yo quien se acercó a su oído. —Te llamas Hugo.


Él sonrió con cara de haber sido atrapado, y yo le devolví una pequeña sonrisa de victoria.

Antes de que me diera cuenta, me tenía sujeta por la cintura y dábamos juntos una vuelta. Me hizo girar rápido, alejarme de él y volver a su lado, juntando nuestros cuerpos con fuerza. Tragué saliva, obligándome a mantener la distancia para no percibir su perfume. Mierda, ¿por qué era tan embriagador? De pronto, me invadió un deseo estúpido de... ¿inhalar? Esto era lo último que necesitaba ahora mismo.


Comenzó a sonar "Cry to Me" de Solomon Burke. Me encanta esa canción. El mundo exterior desapareció. Bailábamos muy pegados, mi pierna entre las suyas; él me hacía bajar mientras cantaba, intentando siempre rozar mi cuello con sus labios. Aquello me estaba encendiendo.


Estábamos frente a frente, nuestras miradas enganchadas como dos imanes. Su brazo rodeó mi cintura y se inclinó hacia atrás, atrayéndome para que me recostara sobre él. Me dejé llevar por la música, nuestros cuerpos enlazados, los rostros casi pegados y los labios pidiendo un beso a gritos. Sentí el calor abrasador que emanaba de él. Sus manos bajaron con una lentitud tortuosa hasta mis caderas, guiándome en un vaivén constante que seguía el lamento de Solomon Burke.


Inclinó la cabeza y juntó su frente con la mía, obligándome a sostener su mirada intensa y salvaje. Sus ojos verdes estaban fijos en los míos, leyéndome. —“Don't you feel like crying?” —susurró, casi cantando contra mis labios, mientras nuestras respiraciones se mezclaban en un solo aliento.


Cerré los ojos un segundo, abrumada por el deseo visceral que me recorría. Sus caderas se movían lentas, perezosas y sucias; era pura seducción. Respondí a su movimiento hundiendo mis manos en su cabello, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo mis dedos mientras nuestras frentes permanecían unidas, anclándonos el uno al otro en medio de la pista.


Pasamos el resto de la noche así. Bailando, sin decir ni una palabra, solo miradas y toques que nos hacían vibrar. Por unas horas, ese club fue nuestro patio de juegos personal. Estábamos bailando de una forma que no era apta para menores, una danza de pura tensión sexual que hacía que el aire a nuestro alrededor pareciera escasear.


Cuando las luces empezaron a subir y la discoteca comenzó a vaciarse, nos quedamos en el borde de la pista. Yo estaba sudada, mi maquillaje probablemente era un desastre y me sentía más viva de lo que me había sentido en una década.


Él me tomó por la nuca, me atrajo hacia él y me dio un beso que supo a ginebra y a libertad. Fue rápido, ardiente, una supernova que me dejó temblando. Se separó apenas unos centímetros, con una sonrisa de suficiencia en los labios.


Antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera pedirle su número o una explicación de por qué me sentía como si me hubiera atropellado un tren de felicidad, se dio la vuelta. Desapareció entre la multitud y las sombras de neón con la misma facilidad con la que un fantasma abandona una habitación.


Me quedé allí parada, sola en medio de la pista, tocándome los labios con los dedos. En mi mano todavía sentía el fantasma de su calor. Miré hacia mis amigas, que se acercaban con caras de absoluta incredulidad.

—¿Qué diablos fue eso? —preguntó Tara. —Eso —dije, sintiendo una chispa de travesura que no sentía desde la universidad—, fue una excelente inversión de tiempo.


Tengo que volverlo a ver. Nunca nadie me había visto así antes.






¿Quieres leer más novelas románticas de Noor Azur? Suscríbete y recibe un nueva historia romántica semanal, con drama, humor y ese toque que solo Noor sabe darle. Además, síguenos en Wattpad para todo el contenido exclusivo que no encontrarás en ningún otro lugar.


Relato escrito por Noor Azur 💖




Comentarios


Logo Noor Azur
  • Youtube
  • Wattpad
  • Spotify

Escríbeme aquí y hablamos. Me encantará leerte.

Gracias por contactarme!

Todos los relatos, audios, imagenes, videos y demás contenidos en este sitio son propiedad intelectual de NoorAzur.
Todos los derechos reservados © 2025.


Si compartes o reutilizas fragmentos, se pide que des crédito a NoorAzur y a www.noorazur.com

bottom of page