El asistente de mi jefa por Noor azur

De dirigir el departamento de diseño de un prestigioso estudio de neuroarquitectura a los 33 años, a medir la temperatura del café. Riot Witmore aprendió que en Aura Form el éxito se evapora por un error de dos milímetros.
Riot es brillante, atractivo y está arruinado. Tras colapsar por un ataque de burnout frente a los inversores, su jefa, Ania Fairmont, no tuvo piedad. Le dio un ultimátum: el despido inmediato o convertirse en su asistente personal. Ahora, el arquitecto más talentoso de la industria sobrevive agendando citas y lavando trajes de diseñador para la mujer que casi lo mata de estrés.
Su trabajo ya no es proyectar rascacielos, sino ir a la lavandería y cumplir los requisitos de su despiadada jefa. Pero en la cercanía asfixiante del puesto, Riot descubre un secreto que nadie aun sabe, y ese conocimiento se convierte en su mayor arma y su mayor condena.
El plan de escape de Riot está listo. Pero tras un acercamiento que rompe todas las reglas de jefe y empleado, la pregunta no es si Riot podrá irse, sino si podrá hacerlo sin mirar atrás.

CAPÍTULO 1
La taza de café vuela; el líquido oscuro se expande con lentitud sobre el costoso traje blanco de la jefa de Riot. La taza golpea el suelo de Aura Form. Riot se queda petrificado. El pánico sube por su columna.
Ania Fairmont no se mueve. No grita. Se queda rígida. Riot observa cómo su rostro se torna rojo; el color le sube desde el cuello, tiñendo su piel de porcelana en un estallido de furia. Sus ojos se clavan en los de Riot, desorbitados, cargados de una intensidad que parece capaz de reducirlo a cenizas allí mismo.
«Maldita sea. De todo este edificio, de todos los empleados de Aura Form... tenía que ser ella», piensa Riot, sintiendo que el corazón se le va a salir por la boca.
Lleva cinco años en esta empresa, moviéndose por los pasillos como un fantasma, esquivando las esquinas y midiendo cada palabra para no ser blanco de la intransigencia de su jefa. Ania es dura e implacable. Es una mujer que no admite errores.
—¡Sra. Fairmont, yo... lo siento tanto! —balbucea Riot, dando un paso adelante con las manos temblorosas, intentando limpiar el desastre—. No la vi venir, yo…
Ania sigue sin emitir sonido, pero su respiración se ha vuelto rápida, errática. Riot nota que ella aprieta los puños hasta que los nudillos se le ponen blancos.
«Estoy muerto», se dice Riot a sí mismo mientras observa la mancha crecer. «Mañana mi nombre no estará en la nómina. He arruinado el traje, el día y probablemente la carrera de la mujer más peligrosa de esta industria».
Ania finalmente baja la vista hacia su pecho.
—¡¡Riot!! —El grito de ella perfora el silencio del pasillo—. ¡Mi traje! ¡Tengo una reunión en una hora!
—¡Sra. Fairmont, yo... lo siento tanto! —exclama él, entrando en pánico.
—¡Cállate y muévete! —le ordena ella a gritos, dándose la vuelta y caminando hacia su oficina a zancadas.
Riot camina detrás de ella intentando ayudar, balbuceando disculpas que ella ignora. Entran en el baño de su oficina. Ania se planta frente al espejo, temblando de rabia. Riot toma papel, lo humedece con rapidez y empieza a frotar la tela. En su afán por eliminar el rastro del café, Riot termina limpiándole el escote con movimientos frenéticos. Ella se aparta.
—No me toques —dice ella.
Ania suelta un bufido de impaciencia y, sin mediar palabra, empieza a desabrocharse la chaqueta con movimientos bruscos y se la quita.
—Esto no va a salir así —sentencia ella.
Riot se queda paralizado cuando Ania se quita la blusa y la falda frente a él, sin un ápice de vergüenza. Se queda allí, en medio del baño, en ropa interior de encaje y tacones de aguja, con la piel pálida iluminada por la luz del techo.
—Llévalo a la lavandería express. Ahora —le dice ella, entregándole el montón de ropa arruinada—. Muévete. ¡Vete ya! —grita Ania mientras él agarra la ropa—. Y Riot, revisa el correo que te envié sobre el ala norte de Azuree Tower no estoy conforme con la terminación de los paneles de los pasillos. Los instaladores son unos idiotas; si no lo colocan correctamente tendremos problemas acústicos. Te lo dejé anotado en el plano en color rojo. ¡Mi empresa no vende simples paredes de concreto!
Los ojos de Riot no pueden evitar recorrer la figura de su jefa. Siempre la había visto como una dictadora implacable, pero nunca pensó que le gustara lo que veía. Se veía increíblemente atractiva y poderosa. «Maldita sea», piensa Riot. «Es hermosa».
Ania lo mira con fuego en los ojos.
—¿A qué esperas, Riot? ¡Vete!
Él asiente torpemente, toma la ropa y sale del despacho sin poder borrar esa imagen de su cabeza.
48 horas después…
06:00 AM. Riot esta solo en la oficina. El aire no entra a sus pulmones. Siente que una mano le aprieta la tráquea. Se lleva la mano al cuello, desabrochando el primer botón de la camisa. Luego otro. Luego otro, y no mejora.
Se pone de pie de golpe. No puede respirar. Camina de un lado a otro. El pasillo se inclina. Las paredes se cierran. Se apoya en las rodillas. Abre las piernas. «Como dijo el terapeuta. Espacio. Oxígeno», se ordena. Nada. Sus pulmones no responden. Suda frío. Boquea. Un pez fuera del agua. Cuenta hasta diez. Lentamente.
El pecho cede un milímetro. Un hilo de aire entra. Luego otro.
Se desploma en la silla. Mira el reloj: 07:30 AM. Solo faltan dos horas para que la reunión con el equipo de Azura Project inicie. En la pantalla, el proyecto sigue incompleto. El pulso le martillea en la sien.
08:30 AM. La puerta se abre. Ania Fairmont entra. Impecable como siempre. Ni un pelo fuera de lugar. Se detiene en el umbral. Escanea a Riot con indiferencia.
—Vaya, Riot. Parece que te has tomado las cosas en serio y llegaste antes que yo —dice. Su voz es plana. Sin emoción.
Riot la mira. Tiene la camisa desabrochada y el pelo revuelto. Siente una rabia hirviendo en el estómago por culpa de ella sus últimos meses han sido un infierno. Ella no se inmuta con su mirada. Se voltea para irse a su oficina diciendo.
—Espero que la reunión valga la pena y no sea otro desastre que yo tenga que salvar —sentencia.
09:30 AM. Sala de juntas de las oficinas de Aura Form. Kai Kanna junto a su equipo observan a Riot explicar los avances en el proyecto Azuree Tower. Ania está en la cabecera, cruzada de brazos. Riot se pone de pie. La propuesta se despliega en una proyección de alta definición que cubre toda la pared frontal; los gráficos flotan. El siente que el mando táctil pesa una tonelada y de vez en cuando ve todo doble.
Riot comienza a explicar los avances frente al equipo. Los primeros minutos logra controlarse frases, pero rápidamente vuelve a sentir la misma opresión en el pecho. Su respiración se vuelve irregular y la cabeza empieza a darle vueltas, aunque intenta seguir hablando. Rina nota que algo no está bien y le pregunta si se siente bien; él responde que sí, sin detenerse. Peter, otro compañero de trabajo, le ofrece agua, pero la rechaza. Trata de continuar, pero las palabras empiezan a desordenarse y el aire vuelve a faltarle por completo. La vista se le nubla, el sonido se vuelve distante y, antes de poder sentarse, Riot cae al suelo en medio de la sala, perdiendo el conocimiento frente a todos.
CAPÍTULO 2
Riot despierta. Un pitido rítmico invade la habitación.
—¿Dónde estoy? —Riot intenta incorporarse, llevándose las manos al rostro, desorientado. El pánico lo golpea de repente: la reunión, los inversores, el render pendiente.
—Tranquilo, Riot. Estás en la clínica.
Rina está sentada a los pies de la cama. Lo mira con una mezcla de preocupación y enfado.
—¿Qué carajos te pasó? —dice ella, cruzando los brazos—. Te lo he dicho mil veces: tienes que bajar el ritmo. Después de lo que te sucedió hace meses no descansas lo suficiente.
Además Ania te va a matar. Su nivel de exigencia es una locura; te estás volviendo loco por una empresa que no es tuya.
Riot se tapa el rostro con la mano libre; siente cómo le tiemblan los dedos. «No puedo perder este trabajo. Necesito salir de aquí», piensa con desesperación.
—Rina, necesito salir de aquí. Tengo que volver a la reunión.
—La reunión terminó cuando te desplomaste en el suelo —espeta ella—. El médico dice que estuviste a punto de un infarto. Tienes la presión por las nubes. Sugiere tres meses de baja inmediata. Cesantía total.
Riot se queda helado. Los ojos se le abren de par en par. «¿Tres meses? No, eso es imposible. Me despedirán antes de que pueda volver a pisar la oficina».
La puerta se abre de golpe y un hombre vestido de doctor entra en la habitación.
—Señor Witmore, su cuerpo colapsó por estrés extremo —dice el médico sin rodeos—. Presión alta, niveles disparados… Necesita detenerse. Si sigue así, no le garantizo que viva mucho tiempo.
Tras escuchar esas palabras, Riot dejó de procesar cualquier sonido. Cerró los ojos y se hundió en un vacío del que no emergió hasta el día siguiente, cuando la puerta volvió a abrirse. Esta vez entró la señora Sterling, la directora de Recursos Humanos, con una expresión que le aceleró el pulso.
—Señora Sterling... —susurra él, intentando sentarse derecho—. No me despida, por favor.
Ella se sienta a su lado y suspira.
—Riot, lamento mucho venir en este momento. No quería hacerlo tan pronto.
—¿Es la señora Fairmont? —pregunta Riot, con la garganta hecha un nudo.
—Sabes cómo es. Fui a hablar con ella y le expliqué tu situación, los tres meses que pide el médico de licencia. —La señora Sterling baja la vista un segundo—. Dijo que no puede tener tu puesto vacante. Según ella, en tu departamento tu equipo son unos incompetentes y necesita a alguien que concluya con los proyectos pendientes. Iba a iniciar el proceso para sustituirte hoy mismo.
—¡No! —Riot intenta quitarse la vía con movimientos torpes—. Puedo ir ahora. Estoy bien.
—¡Hijo, espera! —Ella le pone una mano firme en el hombro—. Si vuelves a ese puesto tan demandante, vas a perder el trabajo y la vida. Pero tengo una idea. Se lo comenté a Ania y ella... aceptó pensarlo.
Riot se detiene, mirándola con desconfianza.
—¿Qué idea?
—Su asistente personal acaba de irse por asuntos personales. Es el único puesto que ha durado años porque ella es extremadamente organizada. Es un trabajo mucho más ligero que el tuyo. Ella indica lo que quiere, tú coordinas. Sin la presión de tu departamento. —La señora Sterling lo mira fijamente—. Si aceptas ser su asistente durante estos tres meses, mantienes el contrato dentro de la empresa. No te pueden sustituir; estás protegido. Sé lo mucho que te importa este empleo, Riot.
Un escalofrío recorre la espalda de Riot. «¿Asistente de Ania? ¿Hablar con ella directamente todo el día?». Siente que el terror le atenaza el pecho y unas ganas locas de salir corriendo.
—No —repite Riot, más firme—. Yo no puedo trabajar con esa mujer.
—Es un trabajo relativamente fácil, Riot. Sin imprevistos. Piénsalo —dice ella levantándose—. No daré la respuesta aún. No quiero que pierdas tu sustento, pero tampoco que mueras.
Sale de la habitación, dejando a Riot a solas con el pitido del monitor. Asistente personal de Ania Fairmont. Entrar en su zona de control total era un suicidio, pero la alternativa era la calle. «No puedo quedarme sin ingresos. Hay demasiadas facturas acumuladas», se dice a sí mismo con amargura.
Setenta y dos horas después.
Riot firma el alta voluntaria mientras el médico lo tacha de suicida. No le importa. Si pierde ese sueldo, lo pierde todo. Entra en Aura Form a paso rápido, apretando la mandíbula por la impotencia. Al pasar por su antiguo departamento, ve que su puesto ya está ocupado por Carlos. Sigue caminando hacia el despacho de Ania. Su nuevo sitio es un escritorio pequeño justo frente a la puerta de ella. Un puesto de castigo.
La rabia y la humillación se mezclan con unas ganas punzantes de llorar. «Tengo treinta y tres años y diez de experiencia como arquitecto para terminar agendando citas. Ahora soy un recadero».
«Es la peor jefa del mundo», piensa Riot mientras se hunde en la silla. «Controladora e intransigente. Una dictadora». Se tapa la cara con las manos, tratando de asimilar su nueva realidad.
—¿Viniste a descansar o viniste a trabajar?
La voz de Ania lo golpea como un latigazo. Está apoyada en el marco de la puerta. Riot se levanta de golpe. Ella invade su espacio y se sienta frente a él, sacando su agenda. No hay preguntas sobre su salud, ni una mención al hospital.
—Instrucciones diarias —empieza ella. Su voz es una ráfaga—. El café a las 10:00 AM en punto. Negro, sin azúcar, a setenta y dos grados exactos. Hay un termómetro en la cocina. Lo quiero exacto, Riot. Si está frío, lo tiras.
Riot toma aire, apretando los dientes.
—Soy arquitecto, Ania.
—Eres mi asistente —le corta ella—. Aquí tienes la lista.
Dos horas después, Riot deja una carpeta sobre el escritorio de Ania. Sostiene la taza con fuerza para no derramar ni una gota. Ella sigue de espaldas, observando la ciudad a través del ventanal.
—Llegas tarde, Riot —suelta ella sin girarse—. Cuatro minutos.
—Tuve que hacer una llamada importante, señora Fairmont. Lo siento mucho. No volverá a ocurrir.
Ania se da la vuelta lentamente. Sus ojos recorren a Riot de arriba abajo, deteniéndose en sus manos. Se acerca, coge la taza y bebe un sorbo.
—Sesenta grados —dice, dejando la taza sobre la mesa con un golpe. El café salpica—. Te pedí setenta y dos. Si no puedes seguir una instrucción tan básica, ¿qué te hace pensar que puedes mantenerte en mi nómina? Tíralo y tráeme uno nuevo.
Riot baja la mirada. La mancha de café se extiende sobre su escritorio.
—Sí, señora Fairmont. Ahora mismo.
—Y cuando termines —continúa ella, rodeando el escritorio hasta invadir su espacio personal—, vas a ir hasta la tintorería de Minexon Avenue. Quiero mi traje gris. Hay una arruga en la solapa que me está fastidiando la mañana.
—Señora Fairmont, está diluviando. Los informes de la cuenta Neotel están a mitad de revisión y…
Ania se inclina hacia él. Riot retrocede hasta chocar con la pared. Siente el patrón texturizado en su espalda mientras ella pasa los dedos por la superficie, justo al lado de su oreja.
—¿Acaso te pregunté qué tiempo hace fuera? ¿O te pedí tu opinión sobre mi agenda? Tu empleo depende de que me seas útil. RR. HH. te mandó aquí para que no te diera un infarto, pero yo no soy una casa de beneficencia. Si quieres conservar este sueldo, vas a buscar mi traje. Es el que debo tener puesto hoy.
Riot traga saliva. El pecho le aprieta, pero asiente.
—Entendido. Iré ahora mismo.
—Más te vale. Y llévate estos análisis de mercado; déjalos en la oficina de Nora por el camino.
Riot regresa a la oficina empapado. El agua gotea de su pelo y la camisa se le pega a la piel como una segunda piel fría. Cuelga el traje en el vestidor privado de su jefa.
—Ya está el traje. He dejado los análisis en manos de Nora.
Ania no levanta la vista del monitor. Señala un plano sobre la mesa.
—Acércate. Expléicame por qué está bloqueada la entrada de luz natural; claramente pedí que fuera tamizada, no anulada.
Riot camina hacia ella, dejando un rastro de gotas de agua sobre la alfombra. Se inclina sobre la pantalla, evitando su mirada.
—Los paneles están colocados en el ángulo incorrecto y están impidiendo la entrada de luz.
Ania se queda en silencio. Se acerca tanto que Riot percibe su perfume, una mezcla dulce y floral muy agradable.
—Haz los cambios en el archivo antes de las seis.
—Sí, señora Fairmont.
Ania le da la espalda y vuelve al ventanal.
—Vete a secarte. Y Riot… mañana, el café a setenta y dos grados exactos. Ni un grado más, ni uno menos.
Riot sale de la oficina sin decir nada. Cierra la puerta tras de sí. «No puedo perder este trabajo», se repite como un mantra. «Si tengo que ser su perro faldero para sobrevivir, lo seré».
CAPÍTULO 3
Después de tres semanas en el infierno, Riot camina hacia la zona de café de la oficina. Se encuentra con Rina; hacía días que no lograban juntarse a comer como lo habían hecho durante los últimos dos años. Están hablando y él se ríe del último chisme de la oficina, pero su risa se corta de repente. Ania Fairmont aparece detrás de él. Su presencia enfría el aire de la cafetería de inmediato y todos quedan en silencio.
—Riot. A mi despacho. Ahora.
Se acabó el descanso de un plumazo. Riot la sigue. Ella camina rápido; sus tacones marcan un ritmo militar sobre el suelo. Entran y ella cierra la puerta. El sonido del seguro al encajar le acelera el pulso. Sobre la mesa de juntas, hay una montaña de documentos.
—El idiota de proyectos se ha puesto enfermo —dice ella. Su voz delata una irritación profunda; Ania odia los imprevistos y, más aún, los de último momento—. Tenemos que entregar la propuesta mañana. Además, tenemos una cena de gala con los inversores; esto tiene que estar listo y sin un solo error.
—Ania, yo soy tu asistente, no...
—¡Silencio! —golpea la mesa con la palma de la mano—. Eres el único aquí que puede arreglar esto. Haz la presentación. Organiza estos anexos. Revisa cada detalle y mantenme actualizada cada hora de los cambios.
Riot siente que el aire le falta. El pánico de hace unas semanas amenaza con volver.
—Y no te distraigas —añade ella mientras se sienta en su escritorio—. ¡Tráeme el almuerzo!
Ania se frota las sienes. Su mirada recorre la mesa de materiales antes de fijarse en él.
—Pollo. Solo pechuga. 150 gramos. A la plancha, pero sin marcas de carbón. Cubos de exactamente dos centímetros. Ni uno más. Pasta corta. Penne. Sin salsa. Sin aceite. Solo hervida al dente. Y nada de adornos. Si el chef pone una hoja de perejil para que el plato se vea «bonito», lo voy a tirar a la basura. Ensalada verde, sin aderezo, pollo a la plancha cortado en cubos de dos centímetros. ¡Ya!
El día se convierte en una lista interminable de tareas. Ania le grita cada diez minutos: «¡Riot, el margen de la diapositiva cuatro está mal!», «¡Riot, el café se enfrió!», «¡Riot, llama al proveedor otra vez!».
Riot intenta concentrarse en los planos. Son complejos y requieren una atención absoluta para no cometer errores. Pero ella no lo deja en paz. Habla sola, camina de un lado a otro. Él la mira de reojo. «Tengo unas ganas locas de levantarme y ahorcarla con el cable del teléfono», piensa con amargura. Su voz es un taladro constante; su nivel de exigencia ha subido de cien a mil en una hora.
Mira el reloj y se da cuenta de que son las nueve de la noche. Debería haber estado hace tres horas en otro lugar, como todos los lunes y miércoles desde hace seis meses. Riot sigue tecleando, aunque le tiemblan los dedos por el cansancio. Ania sigue ahí, revisando cada coma y cada gráfico. «A este paso va a dormir sobre el escritorio».
Al día siguiente, todo empeora. Ania empieza a reconfigurar el espacio de forma compulsiva. Primero, la luz sobre su escritorio pasó de un blanco suave a un tono ámbar intenso que le hacía doler la vista; diez minutos después, la oficina se inundó de un aroma a pino tan penetrante que Riot tuvo que cubrirse la nariz. Luego vino el frío. Un frío polar que lo obligó a ponerse la chaqueta, solo para que, poco tiempo después, el termostato subiera hasta hacerlo sudar. A través del cristal del despacho, veía la silueta de Ania. No paraba. Caminaba de un lado a otro, pasando los dedos por la textura de las paredes con un movimiento rítmico.
Al final de la tarde, Riot sentía que iba a perder la cabeza y decidió recoger sus cosas. Había sido un día demasiado largo. Estaba guardando unos documentos cuando la voz de Ania lo detuvo. Ella le lanzó una carpeta sobre la mesa, pero él se puso de pie antes de que ella abriera la boca.
—Señora Fairmont, lo lamento, pero hoy no puedo quedarme ni un minuto después de las seis. Tengo un compromiso ineludible. Si quiere, envíeme los planos al correo; los revisaré esta noche en mi casa y los tendrá listos antes de que usted llegue mañana.
Ella se quedó observándolo, preguntándose internamente a dónde iría Riot con tanta urgencia. «¿Tendrá una novia?», se cuestionó Ania, dándose cuenta de que sabía muy poco de la vida personal de su empleado.
—Mañana te espero en mi casa a las siete y media de la tarde —añadió con indiferencia—. No hagas compromisos.
Riot se quedó congelado con la chaqueta a medio poner. Se gira. Ania lo observa desde el umbral de su despacho. Está tensa. Sus dedos rozan el marco de la puerta, trazando una línea invisible una y otra vez.
—¿Perdón? ¿Y qué se supone que tengo que hacer en su casa?
Ania ni siquiera lo miró a los ojos.
—¿No sabes cuáles son tus funciones ahora? Reuniones externas, logística, asistencia directa. Vas conmigo. Tu contrato dice que haces lo que yo te ordene para que la empresa no se hunda —sentencia ella antes de retirarse.
Riot apretó la mandíbula, conteniendo la respuesta que realmente quería darle. Durante todo el día, Ania había estado más intensa. Más tensa. Más inquieta. Incluso descontrolada, algo que nunca había visto en ella.
Al día siguiente, a las siete y media, Riot estaba frente al edificio donde vivía Ania Fairmont. Ella le ordenó que la esperara en el vestíbulo, y casi lo agradeció. «Si su oficina es un campo de minas donde mover una silla dos milímetros es un pecado capital, no quiero ni imaginarme su casa. Debe ser un museo donde no se puede ni respirar».
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Riot parpadeó, sorprendido. Ania estaba hermosa y sumamente elegante. El vestido era preciso, pero había algo más: su cabello suelto, la forma en que la tela se movía sobre su silueta, el maquillaje... era imposible no quedarse sin palabras.
—Wow…
Ania lo miró de arriba abajo, sin inmutarse.
—Deja de babear. Sé que me veo bien.
Riot puso los ojos en blanco y murmuró:
—Dios santo…
Ella caminó hacia el vehículo y él la siguió, incapaz de evitar disfrutar de la vista. Durante el trayecto, el silencio era denso. Ania no se quedaba tranquila; miraba por la ventana, revisaba el móvil una y otra vez y movía los dedos contra su pierna en un ritmo constante. Riot la observaba de reojo. Nunca la había visto tan ansiosa. No sabía qué le pasaba ni qué le preocupaba, si el proyecto era perfecto.
—¿Se encuentra bien, señora Fairmont? —se atrevió a preguntar Riot.
—Silencio —respondió Ania, con la mirada clavada en la ventana.
Al llegar al lobby de Azuree Tower, el ruido de la multitud y los flashes de las cámaras golpearon a Ania como un muro de concreto. Riot vio cómo su jefa se tensaba, cómo sus ojos buscaban desesperadamente un lugar para salir. Él dio un paso adelante para saludar a un colega arquitecto que reconoció entre la gente, pero antes de que pudiera separarse, una mano le atenazó el brazo.
El agarre de Ania era fuerte; le clavó las uñas. Lo atrajo hacia ella con una fuerza que casi lo hizo tropezar.
—Tú te quedas a mi lado —susurró Ania al oído de Riot, con una voz cargada de una urgencia que rozaba el pánico—. No te mueves ni un centímetro esta noche. No viniste a socializar ni a saludar a tus amigos. Estás en horario de trabajo. Eres mi sombra. ¿Entendido?
Riot, desconcertado por el ligero temblor en la mano de su jefa, solo pudo asentir.
—Entendido, Ania.
Caminaron por la sala como un bloque. Ania no soltaba el brazo de Riot, usándolo literalmente como un ancla humana mientras navegaban entre la gente. Riot sentía como la mano de Ania se frotaba con su brazo de forma rítmica.
Llegaron donde estaban los propietarios del edificio. Vi a Kai a lo lejos, la persona que me ayudara a pasar al siguiente nivel.
Lo siguiente debería ser una presentación formal, pero el Sr. Riu, director de la junta, rompió el protocolo.
—¡Fairmont! Háblenos ahora mismo de cómo piensa optimizar la eficiencia energética en el ala este. Hemos oído que el diseño es… arriesgado.
Ania se quedó rígida. Aquello no estaba en el guión. No había una pantalla, ni luces controladas, ni orden,la gente estaba muy cerca y ella se arrimaba a Riot como si quisiera ocultarse. El ruido y la pregunta inesperada formaron un cortocircuito en su cabeza.
Ella abrió la boca, pero no salió ni una palabra. Sus ojos se fijaron en un punto en el suelo y empezó a frotarse el pulgar contra el índice de forma compulsiva. No reaccionaba. Los inversores intercambieron miradas de duda. El silencio empezó a volverse incómodo, casi humillante.
Riot se dio cuenta de la situación y, sin pensarlo dos veces, dio un paso al frente, liberándose suavemente del agarre, y tomó la palabra.
— El diseño que vamos a implementar va a incrementar el rendimiento en un 20%, además va ayudar con el huerto urbano del ala. —dijo Riot, atrayendo la atención de todos—.
Riot siguió hablando, explicando cada detalle y calmando las dudas de los inversores.
Ania seguía allí, de pie como una estatua, mirando cómo su nuevo asistente tomaba las riendas de su propia empresa. En cuanto terminó la ronda de preguntas, Ania se dio la vuelta sin decir una palabra y salió casi corriendo hacia los jardines exteriores.
Riot la siguió a una distancia prudente. La encontró apoyada contra un muro de piedra, respirando hondo, con los ojos cerrados. Pasaron diez minutos de silencio absoluto antes de que Ania se enderezara y se ajustara el vestido.
—Vámonos —dijo, sin mirar a Riot.
De regreso en el vehículo, el ambiente era insoportable. Riot esperaba que, al menos por una vez, Ania reconociera que le había salvado el cuello. Pero ella seguía mirando hacia la oscuridad de la carretera.
—Que no vuelva a suceder lo que sucedió hoy —soltó Ania.
Riot frunció el ceño, incrédulo.
—¿Perdone? Yo solo…
—Tú estás para tomar notas, no para tomar decisiones —lo cortó Ania, volviendo su rostro hacia él. Sus ojos estaban inyectados en sangre—. No vuelvas a usurpar mi lugar.
Riot se hundió en el asiento, con el estómago revuelto. El chófer detuvo el vehículo frente al edificio de Riot.
—Buenas noches, señora Fairmont —dijo Riot con voz apagada.
Salió del auto y se quedó en la acera viendo cómo el vehículo negro desaparecía en la noche. «Maldita sea», susurró para sí mismo. «Mañana estoy despedido».
CAPÍTULO 4
La siguiente semana fue un ejercicio de resistencia, de mucha paciencia y de recordarse constantemente por qué estaba allí. Riot sacaba su móvil, veía la foto y tomaba ánimos para continuar. Ania estaba más exigente que nunca. Él intentaba enmendar su error llegando una hora antes, preparando el café a setenta y dos grados exactos y ajustando la luz ámbar que ella prefería. Pero no hubo ni un «gracias».
Para el fin de semana, estaba tan agotado que decidió salir a correr por el parque para desahogarse de tanta tensión o colapsaría nuevamente.
Estaba trotando por un sendero secundario y de repente la vio: estaba sentada sola en un banco, con las piernas recogidas apoyadas contra el pecho y la vista fija en un punto indefinido. Se veía pequeña, vulnerable. No llevaba sus trajes de diseñador, sino ropa deportiva. Tenía los puños apretados y se balanceaba levemente hacia adelante y hacia atrás.
«Maldita sea, no quiero que me vea aquí», pensó Riot. Intentó aminorar el paso para ser invisible y dar la vuelta, pero el ambiente cambió de golpe. De una calle lateral emergió un gran grupo de personas; era un desfile. El estruendo de los tambores, la música a todo volumen y la marea de gente llenaron el espacio en segundos.
Riot se detuvo al ver la reacción de Ania. Ella se encogió; sus hombros se pegaron a las orejas y se cubrió los ojos con una mano mientras la otra buscaba desesperadamente una textura en el banco. El ruido la estaba llenando de pánico. De repente, Ania se levantó bruscamente y echó a correr. Riot vio cómo cruzaba la calle sin mirar y casi era atropellada por un taxi; salió corriendo tras ella, llamándola.
—¡Ania, espera! —gritó Riot.
Ella corría como si hubiera perdido el juicio, sin mirar a los lados, cruzando la calle principal justo cuando los vehículos empezaban a avanzar. Riot continuaba tras ella con el corazón en la garganta. Vio cómo un coche frenaba bruscamente a centímetros de golpearla. Ania no se detuvo; su mente estaba en otro lugar, huyendo del ruido.
Riot la alcanzó justo cuando intentaba subir a la acera. En su desesperación por huir, ella tropezó con el bordillo y cayó al suelo con un grito ahogado.
—¡Déjame! ¡No me toques! —gritó Ania cuando Riot intentó sujetarla. Intentó levantarse por su cuenta, pero su tobillo cedió de inmediato. El dolor la hizo caer nuevamente al suelo.
—No puedes caminar, Ania. Te has torcido el tobillo, o algo peor —dijo Riot con firmeza.
Ella forcejeó, intentando mantener su fachada de mujer autosuficiente incluso tirada en el asfalto, pero el dolor era demasiado. Riot, sin pedir permiso, la cargó en brazos.
—Bájame. Es una orden —murmuró ella, aunque su voz carecía de fuerza. Estaba dolorida y agotada.
—Hoy no recibo órdenes, señora Fairmont. La llevaré a casa, revisaré su tobillo y después me marcharé —respondió él, ignorando sus protestas.
Caminó con ella en brazos las tres cuadras que faltaban hasta su edificio. Ania se quedó muda, escondiendo el rostro en el hombro de Riot. Subieron por el ascensor y, al llegar a su puerta, ella le indicó la clave de acceso con voz queda. Riot entró en el apartamento cargándola, y fue en ese instante cuando empezó a entender realmente a Ania Fairmont.
Riot cruzó el umbral del apartamento y depositó a Ania en el sofá. Nada más entrar, percibió cómo se activaba un sistema automatizado: escuchó sonidos de la naturaleza, una lluvia cayendo, y un aroma relajante empezó a esparcirse por el ambiente. La iluminación, que en un principio era neutra, bajó de intensidad y se adaptó instantáneamente a un tono ámbar tenue al detectar su llegada. La casa parecía saber exactamente qué necesitaba Ania en ese momento.
Riot se arrodilló frente a ella.
—Tengo que revisarte —dijo con suavidad.
Le quitó las zapatillas y subió el pantalón deportivo para inspeccionar el daño. El tobillo estaba notablemente hinchado, pero tras una breve palpación, se sintió aliviado. «No parece roto», pensó.
—¿Puedes buscar algo de hielo? —preguntó ella.
Ania, sin decir palabra, le indicó con un gesto la dirección de la cocina. Mientras Riot se alejaba, ella tomó una manta de lana gruesa que estaba sobre el sofá y se acurrucó en posición fetal, escondiéndose bajo el tejido.
Riot regresó de la cocina y se detuvo un momento a observarla. Ania tenía los ojos cerrados y acariciaba la textura de la lana con un movimiento rítmico. Él pasó los dedos por el respaldo del sofá, notando que nada era «liso» en ese lugar; todo tenía una textura agradable al tacto y las formas de los muebles eran orgánicas. Vio un columpio instalado en un rincón bañado por una luz azul sutil, y una canasta llena de pelotas antiestrés y objetos táctiles. En una estantería, un reloj de arena. Era una casa diseñada quirúrgicamente para sus necesidades sensoriales.
Mientras avanzaba hacia ella, sus ojos confirmaron lo que había sospechado en el evento: Ania no es una mujer difícil por capricho; tiene una forma distinta de procesar el entorno y lucha por ocultarlo para no perder autoridad. Se quedó un largo rato observándola en silencio, hipnotizado por la forma en que ella encontraba paz en ese rincón, hasta que Ania se percató de su presencia.
—No, no... quédate así —le dijo Riot con calma, volviendo a sentarse a su lado—. Solo voy a ponerte el hielo.
Riot colocó la bolsa sobre el tobillo. Tras un largo silencio, Ania habló sin abrir los ojos.
—Lo siento, Riot —murmuró ella—. No debí hablarte ni tratarte como lo he hecho. Solo trataste de ayudarme. Presentaste muy bien el proyecto. De hecho... nos han llamado para una siguiente reunión. Los inversores quedaron impresionados.
—¿Ah, sí? —Riot sonrió—. Esa es una buena noticia.
Ania se aclaró la garganta y su postura volvió a tensarse. Él notó que volvía a estar incómoda.
—Pero no va a ser en nuestro salón de reuniones.
—¿Cómo que no? —preguntó Riot, extrañado—. ¿Y dónde será?
—No —respondió Ania con una nota de incomodidad—. Quieren que sea en la fábrica donde se van a construir los revestimientos. Van a hacer una demostración de materiales y quieren que hagamos los últimos ajustes del proyecto allí mismo.
Riot la observó fijamente. Ahora sabía lo que significaba para ella abandonar su entorno controlado nuevamente.
—Iremos juntos, Ania —dijo Riot—. No te dejaré sola en esa reunión.
Ella se quedó mirándolo fijamente y después bajó la vista al suelo.
—Riot... gracias —dijo ella con voz baja, sonando un poco avergonzada.
Aquella noche, Riot no se fue hasta asegurarse de que ella estuviera bien. Pidió su cena exactamente como le gustaba y hablaron durante un rato.
Sintió que por fin conocía un poco más a la mujer detrás de la armadura; pero había tanto que aún no sabía, y cada segundo que pasaba, deseaba descubrir más.
CAPÍTULO 5
Lunes por la mañana. Riot está en el despacho de Ania antes de que ella llegue. Organiza su escritorio, según sus altos estándares. Saca el teléfono y toma una fotografía del conjunto. Sabe que dos milímetros de desviación pueden arruinarle la mañana a su jefa, y hoy necesita que esté tranquila.
Ania entra y se detiene. Observa la superficie de trabajo. Una pequeña sonrisa asoma en sus labios al verlo todo organizado. Se acerca y, casi por costumbre, mueve un pósito un milímetro.
—Había una desviación —indica con voz suave.
—Lo tendré en cuenta para mañana —responde Riot con naturalidad.
Se sientan a trabajar y Riot despliega los planos del proyecto.
—Ania, antes de terminar con los últimos ajustes del diseño, necesito saber qué puede afectar tu concentración en la fábrica —preguntó Riot mirándola a los ojos—. Qué cosas pueden impedir que des tu mejor versión.
Ania apretó los labios y empezó a juguetear con el anillo de su mano derecha. El secreto que ha guardado durante años está, finalmente, sobre la mesa. Riot se acerca un poco más, bajando el tono de voz.
—He calculado que no estaremos allí más de cuarenta y cinco minutos —continuó él—. Serán solo cuatro personas en la reunión. Yo llevaré todo el cronograma en la tableta; si te pierdes en algún momento, solo tienes que mirarme.
Ania suspiró, soltando el aire poco a poco.
—Las luces de esa fábrica... son de esas que zumban, Riot. Si empiezan a parpadear, me va a costar seguir el hilo. Y las preguntas... odio que me interrumpan cuando estoy explicando algo complejo.
Riot asintió, anotando en su libreta.
—Me pondré justo detrás de ellos. Si el ruido sube o te bloqueas, te haré una señal. No tienes que demostrarles nada, Ania. Solo haz lo que sabes hacer; eres la mejor en neuroarquitectura y esta empresa le da mucha importancia a cada detalle.
Ella lo miró a los ojos y una sonrisa amplia y genuina iluminó su rostro.
—Gracias, Riot. Por no pensar que son solo manías excéntricas.
—No son manías, es tu forma de trabajar —respondió él mientras se levantaba.
—Gracias —susurró ella.
—No tienes nada que agradecer.
Durante las siguientes semanas, el ambiente de trabajo se transformó de un campo de batalla a un campo lleno de flores, aire puro y mucha paz. Ania está menos distante, escucha las ideas de Riot sobre los proyectos y, poco a poco, él ha dejado de ser solo un asistente para retomar sus funciones como arquitecto jefe del departamento de diseño, aunque continúa en el mismo escritorio.
Algunas noches en las que Riot no tiene ese compromiso ineludible de los lunes y miércoles, se quedan hasta tarde trabajando. Piden comida a domicilio y él ha ido conociendo más a esa mujer que aunque la considera la culpable de su situación actual y no sabe aún si la perdonara. Debe reconocer que es una mujer inteligente, visionaria y muy tenaz; ha conseguido posicionarse como el mejor estudio de neuroarquitectura en Azuaria Bay.
—Este revestimiento para el área de descanso es un error, Riot —dice Ania, dejando la pieza sobre la mesa—. Refleja demasiado la luz. Crea un brillo que va a disparar la fatiga visual en menos en minutos.
Riot le da un sorbo a su bebida y niega con la cabeza mientras señala una muestra de otro material, con una textura rugosa.
—Ya sabía que no te iba a gustar. Por eso pedí este para los paneles laterales.
Ania pasa las yemas de sus dedos por la textura, cerrando los ojos un segundo. Riot la observa mientras ella la toca una y otra vez. «¿En qué momento pasé de aborrecer estar con Ania a querer pasar todas las horas del día con ella?», se pregunta él. Hasta los fines de semana se han vuelto maratones de conversaciones telefónicas en las que terminan hablando de sus vidas personales.
Pero Riot debe recordarse una y otra vez que él tiene otros planes.
El martes a las 8:00 PM, el teléfono de Riot vibra sobre la mesa. Cuando ve el número, se pone nervioso. Su rostro se descompone en un segundo.
—Dígame —responde con voz ahogada.
Ania lo observa. Ve cómo el color abandona el rostro de Riot. Sus manos y su cuerpo empiezan a temblar.
—Voy inmediatamente —dice él, cortando la llamada—. Ania, me tengo que ir. Es una emergencia.
Ella se levanta y recoge sus cosas rápidamente.
—Yo te llevo. Estás demasiado alterado para conducir.
Él acepta; ella ya sabe a dónde se dirige los lunes y los miércoles. No sabe por qué se lo comentó en una conversación el sábado pasado en un momento de debilidad.
Riot llega a la clínica lleno de pánico. Corre por los pasillos que ya conoce de memoria. Al intentar entrar en la habitación, el doctor lo intercepta antes de que llegue a la cama.
—Señor Witmore... Lo siento mucho. Hemos hecho todo lo posible, pero su hermano está en la última fase de un fallo multiorgánico. Ya no hay nada que hacer.
Riot siente que el suelo desaparece. Mira en lo que se ha convertido su hermano menor: frágil, pálido y conectado a varias máquinas desde hace meses para mantenerse vivo. «Su única razón de levantarse todos los días eres tú, Brandon. No te puedes ir y dejarme solo. Tienes que mejorarte», piensa Riot mientras se sienta a su lado.
«Yo fui el culpable de esto que te sucedió, yo te condené a esto y nunca me lo perdonaré».
El pitido del monitor es el único sonido que lo acompaña mientras le habla y le pide perdón con lágrimas en los ojos.
Tres horas después, la línea del monitor se vuelve plana. El silencio que sigue es el más pesado que Riot ha sentido jamás. Las lágrimas corren por su rostro mientras las enfermeras entran a apagar las máquinas. Cuando Riot sale, se sorprende al encontrar a Ania parada frente a la puerta; pensaba que se había marchado. La mira en silencio y continúa caminando hacia la salida.
CAPÍTULO 6
Han pasado semanas. Riot no responde a sus llamadas; la última vez que lo vio fue en el entierro y él no quiso hablar. Su teléfono se mantenía apagado. Ella pasa por allí varias veces al día. Ania Fairmont ha entrado en una espiral de caos y ansiedad desde que Riot no está en su vida. En Aura Form, el escritorio de él está vacío y ella siente que el aire de la oficina se ha vuelto pesado; no hay textura o iluminación que la calme.
Mientras, en la casa de Riot todo está a oscuras; él no sabe cuánto tiempo ha pasado. Solo se levanta de la cama para ir al baño. La depresión es un agujero negro que lo absorbe y lo consume cada día.
Ania ya no puede más y se atreve a presentarse en su puerta. Toca con insistencia. Nadie abre.
—¡Riot! ¡Sé que estás ahí! —grita Ania. Su voz suena desesperada—. ¡Abre la puerta!
Tras lo que parece una eternidad, la puerta se abre unos centímetros. Riot aparece en el umbral. Tiene la barba de varios días, los ojos apagados y oscuras ojeras.
—Vete, Ania —dice con una voz que ella no reconoce.
—Quiero saber cómo estás, estoy muy preocupada.
Él solo dice:
—Estoy bien; enviaré mi renuncia la próxima semana.
Cierra la puerta de un golpe. Ania se queda paralizada en el rellano. Siente que el mundo se inclina. El pánico empieza a subir por su garganta y empieza a gritar aporreando la puerta y hablando muy rápido.
—¡Nooo, Riot, te necesito! ¡Eres el mejor arquitecto que tengo, te extraño, quiero que regreses, recuerda que somos amigos!
Después de una hora hablando sin parar decide marcharse, pero vuelve al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Pasa horas sentada en el suelo, frente a la puerta de Riot, hablándole de los proyectos y las próximas reuniones.
—Por favor... —susurra Ania a través de la puerta.
El silencio al otro lado es absoluto.
—Lamento lo de tu hermano —continúa ella, con la voz ahogada—. Pero no puedes rendirte, Riot; tienes que continuar. Brandon no querría verte así.
La puerta sigue cerrada. Ania se levanta lentamente. Se marcha con el corazón hecho pedazos, asumiendo que ha perdido a la única persona que la valoró por su talento y que ella descubrió muy tarde.
Al otro lado de la puerta, Riot escuchaba a Ania marcharse. «Odio la idea de dejarla sola», pensó. Hace días leyó un mensaje de Rina donde le decía que lo necesitan; hay una reunión en dos días en la fábrica nuevamente para la segunda etapa del proyecto, y la última fue un desastre: casi pierden el contrato.
El celular de Riot vibra sobre la mesa. Es otro mensaje de Rina.
Rina: «Tienes que aparecer, Riot, te necesitamos. Ania está perdiendo la cabeza. La invitaron a presentar el proyecto en el congreso de Azuria Bay y está en modo colapso total. Está que se sube por las paredes y nadie sabe cómo calmarla».
Riot lee el texto. Bloquea la pantalla.
Al día siguiente, el auditorio es un hervidero de gente. Ania está tras bambalinas, apretando las manos hasta que los nudillos se le ponen blancos. El ruido, los distintos aromas, la estética del micrófono... es demasiado. Siente que el aire no le llega a los pulmones. Justo cuando siente que las piernas le van a fallar, una mano firme le sujeta el brazo.
Ania se da la vuelta, con la respiración entrecortada, y se encuentra con esos ojos que no veía desde hacía semanas. Es Riot. No dice nada, solo la sostiene con fuerza, anclándola a la realidad. Ania suelta un suspiro que es casi un sollozo y sonríe, sintiendo que el piso deja de temblar. Él se la lleva a un rincón apartado, lejos del ruido.
—Mírame, Ania. Respira conmigo —dice él, con esa voz calmada que siempre logra silenciar el caos en su cabeza—. Olvídate de lo de ahí fuera. Solo somos tú y yo hablando de arquitectura.
—Siento que me voy a desmayar, Riot —susurra ella, apoyando la frente en su hombro—. No puedo subir ahí.
—Sí puedes. Yo voy a estar justo enfrente. No me voy a mover. Si sientes que te pierdes, búscame con la mirada.
Cuando anuncian su nombre, Ania sale al escenario. El foco la ciega un segundo, pero entonces lo ve: Riot está sentado en la segunda fila, justo en el centro. Se ve cansado, más delgado, pero sus ojos están fijos en ella. Él empieza a respirar profundo, exagerando el movimiento de los hombros para que ella pueda imitarlo desde el podio. Ania clava su mirada en la de él, ignorando las cámaras y los murmullos. Cada vez que siente que la ansiedad sube, él asiente apenas un milímetro, dándole permiso para seguir.
Ella empieza a hablar. Su voz, al principio vacilante, cobra fuerza cuando empieza a explicar:
—Durante años, la arquitectura se obsesionó con cómo se ven los espacios desde afuera —explicó Ania mientras observaba a Riot—. Ahora estamos empezando a darle importancia a cómo se sienten por dentro. La luz, el ruido, las texturas, la temperatura… todo afecta el sistema nervioso de las personas. Un espacio bien diseñado puede disminuir el estrés, mejorar la concentración, ayudar al descanso e incluso hacer que alguien deje de sentirse en estado de alerta constante. La neuroarquitectura no busca edificios más estéticos; se enfoca también en el bienestar mental. Por eso, en mi estudio diseñamos lugares donde las personas puedan sentirse cómodas, enfocadas y en calma sin tener que forzarse.
Riot escuchaba embelesado a Ania. Ahora que ha podido trabajar más de cerca con ella, valora mucho más la visión de su empresa. Entiende esa «obsesión» por que cada espacio se adapte a la diversidad y las preferencias de las personas. Es una visión muy humana y que hace que esa mujer le guste en el peor momento de su vida.
CAPÍTULO 7
La exposición de Ania había terminado. Nada más bajar del escenario, lo último que ella necesita es que la gente se le acerque a felicitarla o a tocarla. Riot no espera a que la rodeen. Se levanta antes de que el aplauso termine, camina hacia el lateral del escenario y la intercepta. No le pregunta cómo está, solo le pone su chaqueta sobre los hombros y le susurra al oído:
—Vámonos de aquí. Ya cumpliste.
La saca por una puerta de servicio evitando el vestíbulo. Riot no la lleva a su oficina. La toma de la mano, la sube a su vehículo en la parte de atrás —donde tiene una manta pesada que le coloca—, le pasa una botella de agua y conduce en silencio durante cuarenta minutos. Se detienen frente a un acantilado. El viento sopla con fuerza y el paisaje es precioso y muy relajante; se escucha el sonido del mar rompiendo contra las rocas.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunta Ania, mirando el horizonte.
—Esto es lo que necesitas ahora —responde Riot apoyado en el capó—. Un lugar para desconectar de todo lo que acabas de vivir.
Ania respira hondo, dejando que el viento le despeine el cabello. Siente cómo la presión en su cabeza empieza a ceder.
—¿Cómo sabes lo que necesito? —le pregunta, girándose hacia él con curiosidad.
—He estado leyendo mucho estos últimos días —responde Riot observando el paisaje que tienen al frente.
Ania sonríe, conmovida por el hecho de que él se haya ocupado de investigar para entenderla mejor.
—Riot... No quiero perderte. El departamento de diseño te necesita. Eres un gran arquitecto y entiendes mi visión.
Riot levanta las cejas, sorprendido.
—Nunca me habías dicho algo así antes.
Ania baja la vista, avergonzada.
—Ya sabes... soy un poco complicada.
Riot sonríe por primera vez en días.
—¿Un poco? —dice él.
Ella sonríe también.
—Ok, lo acepto: mucho.
Riot se aclara la garganta. —Ania, yo no voy a regresar a Aura Form. Ania se queda mirándolo con los ojos abiertos de par en par. —¿Perdón? —dice como si no hubiera escuchado. Él mira al suelo. —No voy a regresar Ania. Tengo una propuesta de trabajo y empiezo el lunes.
Hace tiempo que había solicitado, solo estaba esperando que estuviera concluido el proyecto de Azuree Tower para renunciar. —No...
—Ania niega—. No me lo puedo creer. No te puedo perder. Se acerca y busca su mirada. —No me puedes dejar, Riot. ¿Por qué? ¿Hice algo mal? —pregunta Ania con temor. Riot mira hacia el acantilado. Se queda en silencio. Ella le toma la cara y lo besa. Riot, al principio, corresponde al beso, pero después de unos segundos se aleja. Le quita las manos del rostro con firmeza. —Ania, no puedo.
Voy a renunciar.
CONTINUARÁ…


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