El hombre del asensor por Noor Azur

¿Qué haces cuando la única carrera que amas no puede pagar tu alquiler?
Julian es el prototipo de la frustración moderna: un diseñador de producto brillante que tiene que cargar cajas para no quedarse en la calle. Su plan es simple: entrar a Kanna Studio como Delivery y escalar hasta diseño. Pero Julian no controla el tiempo; el tiempo lo controla a él.
Todo cambia el día que el ascensor se detiene y lo deja a solas con Kai. Veinte años los separan, pero una conexión inexplicable los une. Kai está en un break profesional, sirviendo café y huyendo de las presiones de su vida, buscando claridad para las decisiones que tiene por delante.
Lo que inició como un encuentro traumático en un cubículo de acero se convierte en el motor que impulsará a Julian a su verdadera vocación y le devolverá a Kai la pasión que creía perdida. Si quieres descubrir cómo un encuentro fortuito puede rediseñar dos vidas por completo, no dejes de leer esta historia.

CAPÍTULO I
Todo quedó en negro absoluto durante un segundo. Solo se escuchaba un ruido metálico. El ascensor dio un tirón violento y se detuvo.
La oscuridad se rompió con la luz de emergencia, que empezó a parpadear con un fogonazo que bañaba la cabina de acero. El aire en el cubículo se volvió denso. Cada vez que la luz se encendía, golpeaba sus pupilas y veía la caja que llevaba en las manos.
Entonces empezó el ruido.
Clac. Clac. Clac.
Un golpe rítmico sobre el techo de la cabina, fuerte y constante. Las luces parpadeaban al compás del sonido. Julian no solo oía el ruido; lo sentía vibrar por todos lados, prolongándose en su mente mucho más tiempo del que realmente duraba, como un taladro en su cerebro. Sus pensamientos comenzaron a acelerarse sin freno, disparando imágenes a una velocidad que no podía controlar.
«¿Y si no salgo? ¿Y si me desmayo? ¿Y si nadie viene? ¿Y si me quedo aquí por horas? ¿Y si pierdo el control?», pensó.
Estaba a un segundo de tirar la caja que traía en las manos y hacerse un ovillo en el suelo. Puso la caja en el piso y se cubrió los oídos intentando aminorar el ruido; apoyó su cabeza contra la pared y cerró los ojos con fuerza para anular la luz intermitente mientras apoyaba la espalda contra el acero frío.
—Ok, Julian, respira. Va a terminar pronto. No dejes que las emociones ganen —murmuró para sí mismo, hablando solo en la penumbra para intentar que su voz lo calmara en esa situación que no podía controlar.
—Diez… nueve… ocho… —susurró. Se le olvidó el siete.
Sintió un movimiento a su lado. Se había olvidado de que había un hombre allí. Julian se puso tenso, esperando que el desconocido empezara a gritar, lo que habría terminado de romper su sistema ya colapsado. Pero no pasó. El extraño se acercó y, a través de los flashes de luz, Julian vio que lo observaba con mucha atención. Kai identificó el logotipo bordado en el pecho del chico; era un repartidor de Kanna Studio.
—Oye, mírame —dijo Kai. Su voz era grave y tranquila—. Estás entrando en pánico, necesitas calmarte.
El hombre tomó la mano derecha de Julian y la llevó hacia su propio pecho. Julian sintió la tela de la camisa y, debajo, un latido. Pum-pum. Pum-pum.
—Concéntrate en los latidos de mi corazón y respira. ¿Cómo te llamas?
—Julian —respondió el chico, de unos veinte y pocos años.
—Soy Kai. Concéntrate en mi corazón. Respira cuando yo respire. Vamos.
Julian soltó una risa nerviosa que sonó más como un sollozo. Kai lo guio para sentarse en el suelo. El calor de la mano de Kai era lo único que mantenía sus piezas unidas.
—No mires el techo, Julian. Mírame a mí. Olvida el ruido —dijo Kai con una voz agradable y controlada.
Julian intentaba seguir el hilo, pero sus ojos se desviaron obsesivamente hacia la pantalla de su móvil. La aplicación de su trabajo mostraba tres entregas pendientes con el icono en rojo parpadeando. El pánico volvió a subirle por el estómago. No sabía cuánto tiempo había pasado y el contador de la aplicación parecía una bomba.
—¿Qué pasa con el teléfono? —preguntó Kai, apretándole la mano con más fuerza para recuperar su atención.
—Me van a despedir —soltó Julian con la voz quebrada—. Voy tarde. Siempre voy tarde. No importa cuánto lo intente, el tiempo se me escurre entre los dedos. Tengo tres paradas en la otra punta de la ciudad. Mi jefe me dijo que, si fallo, voy a estar en problemas. No puedo… no puedo perder este trabajo.
Kai lo observó en silencio, absorbiendo la desesperación de Julian.
—Eh, mira aquí —dijo con voz firme—. Olvida el mundo exterior. Solo somos nosotros y este cajón de acero.
Después sacó de un maletín un Time Timer. Kai giró el mando central y un disco de color rojo intenso cubrió la mitad de la esfera. Lo puso justo frente a los ojos de Julian, apoyándolo sobre el paquete de reparto.
—Olvídate de la luz y de ese ruido. Solo mira el disco rojo —ordenó—. Es un regalo para que lleves en el bolsillo. Cuando el rojo desaparezca, ya nos habrán sacado de aquí.
Julian clavó la vista en el aparato; agradeció el estímulo visual. Ver el tiempo como una mancha de color que retrocedía en silencio le ofreció algo en qué enfocarse.
—Es... es un temporizador de disco mecánico —logró decir Julian, con la voz todavía temblorosa pero ganando control—. El muelle interno debe tener una tensión constante para que el disco no se atasque al final del recorrido.
Kai asintió, dándole espacio.
—Exacto. Continúa hablándome, Julian.
Julian se pasó la mano por el pelo; el fogonazo de la ansiedad estaba bajando de intensidad.
—Yo diseño cosas así —soltó. Sacó el móvil nuevamente y entró en una cuenta de redes sociales—. Mira, este es mi set de organización modular para gamers. Se volvió viral porque cada pieza encaja con imanes.
Kai se inclinó para ver la pantalla de @Julian3D.
—Tienes mucho talento, Julian —dijo Kai con una media sonrisa.
—Tengo una impresora 3D en mi habitación.
—Ah, sí, cuéntame sobre esa impresora —hizo un gesto para que siguiera hablando.
—Soy diseñador de producto —se le escapó una sonrisa triste—. Bueno, estudié, pero aún no encuentro trabajo y solo hago mis diseños y los vendo en internet. Este se volvió también viral —soltó Julian, con los ojos brillándole más que la luz de emergencia—. Y este otro lo creé para mi escritorio. Tiene espacios para cada herramienta porque, si no las veo, para mí no existen.
Pasaron casi dos horas en ese limbo de acero. Julian le explicó a Kai con detalle cada uno de sus diseños, cómo funcionaba la impresora y los materiales que más le gustaban. Kai no soltó su mano ni un segundo. Cuando las puertas finalmente se abrieron, la luz del pasillo fue una agresión para los ojos de Julian. Pero no podía detenerse: tenía que entregar ese paquete. Se levantó rápidamente y salió de la cabina y, antes de que Julian pudiera dar tres pasos, su teléfono empezó a sonar. Era Greg, su jefe. Julian tomó la llamada con manos temblorosas. El volumen del auricular era tan alto que Kai, a unos metros de distancia, podía escuchar cada palabra.
—¡Bennett! ¿Dónde diablos estás? —gritó Greg—. Los clientes de la calle cuatro llevan una hora llamando. ¿Te has vuelto a quedar mirando las musarañas?
—Greg, lo siento, por favor... me quedé atrapado en el ascensor de Azuree Tower…
—¡Me importa un carajo el ascensor y tus excusas! —le interrumpió su jefe—. Eres un incompetente, Julian. No sirves ni para mover cajas.
Sus manos, necesitadas de estímulo para no colapsar, empezaron a recorrer los bordes de la caja. No tuvo tiempo de darle las gracias al hombre del ascensor; cuando se giró, ya él no estaba, y el Time Timer que le regaló seguía en su mano.
¿Quién era ese hombre que acababa de sostener su mano en la oscuridad?
CAPÍTULO 2
—¡Ticket 105! ¡Kai, muévete! —gritó Elio mientras la campana de pedidos no dejaba de sonar.
Kai no respondió; sus manos ya estaban nivelando la máquina de café. La puerta de Baraka Coffee se abría y cerraba a un ritmo frenético; salía gente y entraban más. Un ejecutivo impaciente golpeaba el mostrador con su tarjeta mientras Diego esquivaba a un grupo de estudiantes para dejar tres lattes en la mesa del fondo.
—¡Falta un flat white y el americano doble! —anunció Diego, dejando una jarra vacía.
Kai purgó el grupo de la máquina con un estruendo de agua hirviendo. Entre el vapor y el ruido de la fila, vio la puerta abrirse: Julian entró acompañado de una chica que parecía de su edad. Julian caminaba con la mirada perdida, distraído, hasta que chocó con un chico que se dirigía hacia la puerta; se disculpó y siguió avanzando hacia la mesa del fondo sin notar que Kai lo observaba.
Kai continuó despachando lattes y americanos sin perder el ritmo durante los siguientes treinta minutos, moviéndose como un autómata entre el vapor y los tickets. Fue entonces, en un breve respiro, cuando Julian levantó la vista. Sus ojos coincidieron con los de Kai por un par de segundos que parecieron detener el caos del local. Kai sostuvo la mirada y, antes de volver al siguiente pedido, le dedicó una sonrisa lenta. Él lo miró tímidamente y levantó la mano para saludarlo desde lejos.
A Julian el cerebro le hizo un corto.
«Apágate», murmuró, mirando fijamente a su amiga Blue, que no paraba de hablar.
Kai era muy alto, de hombros anchos y poseía esa calma de quien no tiene que preocuparse por si le queda saldo en la tarjeta de transporte. Julian lo miró discretamente; estaba tentado a ir a saludarlo, pero no sabía qué decirle. Él lo había visto llorando como un imbécil y hablando hasta por los codos de forma descontrolada. Así que salió discretamente del café.
Al terminar su jornada, Kai no podía sacarse de la cabeza al chico del ascensor. Llegó a casa, se sentó en su sillón favorito y buscó la cuenta de Instagram de Julian. Pasó horas observando todo, fascinado por su trabajo bajo el nombre de «@Julian3D»; empezó a agregar productos al carrito sin darse cuenta. Compró toda una colección de organizadores modulares.
Cuando la notificación de esa compra llegó al móvil de Julian, él lo tuvo que leer tres veces para creerlo y salió corriendo a prepararlo dando saltitos de la emoción.
Pasaron cuarenta y ocho horas. Julian solo había dormido un par de horas. Había pasado las últimas noches vigilando su impresora y puliendo cada borde hasta que el azul mate fuera perfecto. Aquel pedido era el más grande que había recibido en su vida, y el nombre del cliente no le decía nada hasta que llegó a Baraka Coffee a hacer la entrega.
La sorpresa en el rostro del chico fue total cuando Kai salió a recibir la entrega.
—¿Kai? —Julian casi dejó caer las cajas. Su voz era un hilo de incredulidad—. ¿Tú... tú eres el que compró todo el catálogo?
Kai asintió. Se hizo a un lado para dejarlo pasar a las oficinas de la cafetería. Julian no sabía dónde mirar. Él observaba a Julian y sonreía de verlo tan nervioso. Entonces surgió la pregunta:
—¿Por qué compraste todo esto?
—Es para un regalo y, además, tienes mucho talento; son increíbles tus diseños.
Julian abrió los ojos de par en par y negó con la cabeza, incrédulo.
Kai lo invitó a tomar una taza de café, le preguntó si lo despidieron y él negó evitando mirar a Kai de frente; no sabía si por vergüenza o por quedarse como un tonto observándolo. Kai tenía una sonrisa tatuada en el rostro que lo ponía muy nervioso, tal vez se estaba burlando de él. Cuando miró el reloj, nuevamente iba tarde. Se tomó el café rápidamente, se despidió de Kai agradeciendo nuevamente la compra y salio corriendo por la puerta.
CAPÍTULO 3
Una semana después, sus mañanas comenzaban como casi todos los días.
El despertador no sonó. O tal vez sí, pero lo ignoró por completo. Abrió los ojos a las 9:10 a. m. El turno en el depósito comenzaba a las 8:30 a. m. Saltó de la cama, se puso los mismos pantalones de ayer y ni siquiera alcanzó a desayunar. Agarró las llaves y salió corriendo.
A las 9:22 a. m., mientras conducía por la avenida principal, su teléfono empezó a vibrar; era el décimo mensaje de su jefe preguntando dónde estaba.
Entró al depósito a las 9:45 a. m. Greg estaba parado junto a la rampa de carga, con una tableta en la mano y la cara muy roja de enojo. No lo saludó, no le reclamó; dijo sin mirarlo:
—Sube a la camioneta cuatro. Tienes cuatro paquetes demorados de la zona norte. Si para las 11:00 a. m. no están entregados, ni te molestes en volver.
El GPS lo envió por una calle cerrada por obras. «Gire a la derecha», decía la voz del dispositivo. Giró y se encontró con un camión de basura bloqueando el paso. Eran las 10:12 a. m. El celular volvió a vibrar.
—¡Cállate! —le gritó al teléfono.
Deslizó el dedo por la pantalla y apagó las notificaciones. El silencio volvió, pero su cabeza seguía a mil por hora. Se bajó de la camioneta y corrió tres cuadras con dos cajas muy pesadas. El portero del edificio le dijo que el cliente no estaba.
—Lo puedo dejar en la recepción, por favor —le pidió.
—No puedo, chico. Tenemos prohibido recibir paquetes.
Volvió a la camioneta. Eran las 10:45 a. m. Se equivocó de dirección en la siguiente parada. Fue a la calle Soleran en lugar de Nixonbir 1400. Cuando se dio cuenta, el reloj marcaba las 11:30 a. m. Tenía cinco llamadas perdidas de Greg y un mensaje de Slack en el canal general: «Bennett, repórtate ahora mismo».
Condujo de vuelta al depósito con el estómago hecho un nudo. Entró por la puerta lateral a las 12:10 p. m. Greg estaba en su oficina, hablando por teléfono. Lo vio y colgó. Salió caminando con las manos en los bolsillos.
—Deja las llaves sobre el mostrador, Julian —dijo.
—Greg, escúchame. Hubo una obra en la calle, el GPS me mandó por otro lado, el cliente no estaba…
Había calculado la ruta de tres formas distintas en su cabeza, que el camión de basura no estaba, pero las palabras se le atropellaban en la boca. Su cerebro iba a 200 km/h y su lengua a 10. Para él, Julian solo era un chico lento.
—Me importa muy poco el GPS. Los otros diez chicos entregaron todo a tiempo. Tú eres el único que siempre tiene un problema.
—No puedo perder el trabajo ahora —le dijo, acercándose—. Tengo que pagar mis facturas. Dame una semana.
—Ya te di tres oportunidades. Eres un desastre. No sirves para esto.
Se quedó parado ahí, frente a él. Sus compañeros del depósito pasaban por su lado con los carritos de carga, haciendo un ruido insoportable y observándolo.
—¡Por favor, Greg! —gritó Julian, perdiendo la poca dignidad que le quedaba—. ¡Haré los turnos de noche! ¡Moveré las cajas más pesadas!
—No es mi problema, Bennett. Vete antes de que llame a seguridad. Mañana pasa por administración para tu liquidación.
Greg entró en su oficina y cerró la puerta. Julian se dio media vuelta y caminó hacia la salida. En el estacionamiento, se sentó en el borde de la acera. Sacó el teléfono. Tenía un dólar en su cuenta y el alquiler vencía en tres días.
Abrió su tienda en línea. Vio la notificación de «Julian3D». El pedido de Kai. Su única esperanza era ese dinero, pero tardaría cinco días en acreditarse.
CAPÍTULO 4
Habían pasado tres días desde que Julian perdió su trabajo.
Tenía quince pestañas de LinkedIn abiertas y en todas leía la misma sentencia: «Diseñador de Productos Senior - Experiencia mínima 5 años». Golpeó el escritorio con el puño. Tenía seis meses de graduado y un título que, en ese momento, solo parecía servir para acumular polvo y una deuda del préstamo que no podía pagar. Aplicó a tres puestos de «Junior» para los cuales no cumplía los requisitos. Hizo clic en «Enviar solicitud».
Julian no quería ser repartidor. Era un trabajo provisional para financiar los filamentos de su impresora y sus prototipos. Pero el sistema no lo dejaba saltar; si no eran las experiencias, eran las pruebas. Había fallado tres procesos de selección en otras empresas por las pruebas psicométricas. Esos tests de velocidad mental no eran para él. Julian se bloqueaba ante las preguntas de lógica abstracta bajo presión de tiempo. Su único refugio era su Instagram, donde subía videos de sus piezas. Allí no había cronómetros, solo soluciones.
Se pasó las manos por la cara, agotado, y revisó su cuenta bancaria por décima vez. Quería llorar.
A las 9:30 a. m., imprimió copias de su currículum para salir a repartirlas en el supermercado, un par de restaurantes y la veterinaria del barrio. Caminó por la avenida principal bajo un sol que lo estaba derritiendo. Entró a un pequeño market y buscó al supervisor entre los pasillos. Lo encontró revisando las fechas de vencimiento. Julian le extendió el sobre con determinación. El supervisor lo tomó con dos dedos, como si estuviera contaminado, y lo dejó sobre un carrito de devoluciones lleno de cajas de cartón aplastadas.
—Lo revisamos luego —dijo el hombre. Julian supo, por la forma en que lo soltó, que terminaría en la basura antes del mediodía.
Julian saltó a la siguiente cuadra, sin detenerse. Entró a varios locales y nada. Después de cinco horas, regresó al departamento con el estómago vacío. Despejó la mesa de trabajo y encendió la impresora. El motor paso a paso empezó a emitir su zumbido. Julian colocó su teléfono en el trípode y limpió la lente con el borde de su camiseta.
—Hoy vamos a crear un nuevo organizador para el escritorio —dijo frente a la cámara, forzando una seguridad que no sentía.
El teléfono vibró, interrumpiendo la grabación. Era Blue. Julian atendió al segundo tono.
—Vamos por un café, necesito salir de mi casa —dijo su amiga sin saludar.
Julian soltó una risa triste.
—Blue, no tengo dinero ni para comprarme una botella de agua.
—Yo invito, tonto. Camina hasta la esquina, nos vemos en cinco minutos; sé que te pasa algo y me lo tienes que contar.
Cerró la llamada y tomó su hoodie; no tenía ganas de ir, pero por el café se iba a sacrificar.
Se encontraron bajo un poste de luz. Blue caminaba rápido, con su energía habitual, y Julian la siguió con los hombros caídos. Cuando doblaron la esquina de la calle Azorla Road, Julian frenó de golpe. Baraka Coffee estaba justo enfrente. A través del cristal, vio la silueta de Kai moviéndose detrás de la barra.
—Aquí no, Blue —susurró Julian, dando un paso atrás.
—Es el mejor café de la zona y ya te dije que yo pago. Entra ahora.
Julian se subió la capucha de su sudadera hasta que casi le tapó los ojos. Entró al local con la cabeza gacha, evitando mirar hacia la barra. Buscó una mesa al fondo, en el rincón más distante, y se sentó de espaldas a la barra, usando el menú como escudo.
Kai, desde la barra, reconoció a Julian. Le pareció extraño verlo escondido, casi encogido sobre la silla. Tomó un paño húmedo y caminó hacia la zona de las mesas. Se detuvo en una vacía, justo detrás de Julian, y comenzó a limpiar la superficie con movimientos lentos.
—Estoy arruinado, Blue —susurró Julian, creyendo que nadie más lo escuchaba—. Greg me despidió. No tengo nada en la cuenta. Cero. Ni siquiera sé cómo voy a pagar el alquiler de este mes. Mi plan de llegar al departamento de diseño en Kanna Studio se fue a la basura.
Julian jugueteaba frenéticamente con el borde de una servilleta, destrozándola en tiras perfectas. Era su forma de gestionar la energía sobrante. Blue le tomó la mano sobre la mesa, tratando de decir algo, pero Julian seguía hablando en un hilo de voz lleno de frustración.
Detrás de él, Kai dejó de mover el paño por un segundo. Terminó de recoger las tazas vacías de la mesa vecina, se dio la vuelta y regresó a la barra en silencio, con la información grabada en la cabeza.
CAPÍTULO 5
Kai entró en el edificio con dos vasos de café XXL en las manos. Vestía su uniforme de Baraka Coffee. No se detuvo en la recepción; subió por el elevador. La secretaria de presidencia se levantó de su asiento al verlo, pero Kai solo levantó una mano para detenerla.
—Le traigo su café favorito, no me va a echar.
—Está en una reunión —dijo ella.
—No puede esperar, se enfría —respondió él mientras abría la puerta doble.
Nadir estaba sentado frente a un ventanal inmenso, revisando reportes de ventas junto a tres ejecutivos. Levantó la vista y dejó los documentos sobre el escritorio.
—¿Me traes mi café? —preguntó Nadir con una sonrisa divertida.
—Tengo que hablar contigo —respondió Kai, poniendo el café sobre la mesa.
Nadir se disculpó con su equipo y les indicó la salida. En cuanto la puerta se cerró, Kai se sentó frente a él.
—Nadir, necesito un favor.
Cuando Kai salió de esa oficina, sabía que lo que había conseguido iba a cambiar la vida de alguien.
A las 4:30 p. m., Julian estaba en su cocina, mirando una caja de cereal vacía mientras el estómago le rugía de hambre. El teléfono vibró. Era un correo de Kanna Studio. El asunto: «Propuesta de Contratación - Departamento de Diseño». Julian leyó el mensaje varias veces. Sus piernas cedieron y terminó sentado en el suelo de la cocina, llorando y riendo al mismo tiempo. Le pedían que se presentara al día siguiente para una entrevista para una vacante en el departamento de diseño. La euforia lo golpeó como una descarga eléctrica. Gritó, bailó y giró como un loco en su habitación.
«Tantas noches sin dormir grabando procesos, editando videos de mis proyectos... por fin una oportunidad», pensó.
Esa noche, Julian programó tres despertadores que colocó en extremos opuestos de la habitación. El primero sonó a las 6:00 a. m. Para esa hora, Julian ya tenía los ojos abiertos. Se duchó, se vistió con su mejor camisa y un par de pantalones negros, y revisó su mochila tres veces. Salió de su departamento a las 7:00 a. m., cuando la ciudad apenas empezaba a moverse.
Llegó a la puerta de Kanna Studio a las 7:25 a. m. El edificio estaba en silencio y las luces del lobby a media intensidad. Julian se quedó parado en la acera, sintiendo el aire fresco de la mañana. El guardia de turno lo observó con sospecha desde el otro lado del vidrio y activó el intercomunicador.
—Todavía falta una hora para abrir, joven.
—No importa —respondió Julian con una sonrisa nerviosa—. Prefiero esperar aquí.
A las 8:30 a. m. llegó la primera secretaria. A las 8:45 a. m. empezaron a entrar los empleados. Julian fue el primero en ingresar. No iba a perder este trabajo por nada del mundo. Lo hicieron pasar a la oficina de Mandy Klein, la jefa del departamento de diseño. Él se sentía muy nervioso y movía sus pies de forma rítmica para calmarse.
—Tus diseños son increíbles. El uso de los imanes o la ergonomía para personas con inquietud motriz es simplemente ingenioso, Julian —dijo Mandy entusiasmada.
Él se sorprendió de que hablara de sus diseños; nunca se atrevió a enviar su currículum a esta empresa para el área de diseño. «¿Cómo conocen mi trabajo?», se preguntó. Decidió preguntar y lo que le dijo Mandy lo dejó sin palabras. Mandy cerró la carpeta y lo miró fijamente.
—Tienes una recomendación de Kai Kanna; solicitó personalmente a Nadir que te dieran una oportunidad y nos mostró tu trabajo.
Julian sintió que el suelo se movía. El nombre resonó en su cabeza como un disparo. El hombre del ascensor, que lo había salvado de un colapso, era un Kanna. El hermano del dueño de la empresa. Julian asintió mecánicamente, incapaz de articular una palabra, mientras Mandy le indicaba dónde estaba su nuevo escritorio.
El resto del día fue una mancha borrosa; no podía dejar de pensar en Kai. A las 5:00 p. m., Julian salió rápidamente del edificio y corrió por las calles de Azuria Bay esquivando peatones hasta llegar a Baraka Coffee. Entró jadeando, con el rostro encendido. Un barista estaba detrás de la barra limpiando la máquina de vapor. Julian se acercó al mostrador de un salto.
—¿Dónde está Kai? —soltó, recuperando el aire—. Necesito hablar con él.
El barista dejó el paño y lo miró con una expresión seria.
—Kai ya no trabaja aquí.
—¿Cómo que no trabaja aquí? —Julian sintió un vacío en el estómago—. Necesito encontrarlo. ¿Tienes su número o su dirección? Por favor, es importante.
—No tengo autorización para dar esa información —respondió el barista, volviendo a su tarea—. Lo siento.
Julian salió del café decepcionado. El entusiasmo del primer día se había evaporado. Se sintió como un estúpido. Se dio cuenta de que lo había estado evitando por pura vergüenza, solo porque Kai lo había visto llorar como un niño en ese ascensor. Por culpa de sus inseguridades. Caminó hacia su casa con la mirada perdida, sintiendo que el éxito de su nuevo trabajo no servía de nada si no podía compartirlo con la persona que lo hizo posible.
Al otro lado de Azuria Bay, Kai Kanna estaba en las oficinas de AZURA PROJECT reunido con su equipo. Tomarse un par de meses de descanso del mundo del desarrollo de proyectos había sido la mejor decisión en años, junto a irse a trabajar con sus primos Elio y Diego en Baraka para desconectar y tener más tiempo para estar en casa.
Mientras su equipo lo ponía al día, Kai no les prestaba atención. En la pantalla que tenía al frente no estaba el reporte trimestral; estaba abierto el perfil de Instagram de Julian. Se quedó hipnotizado por un video reciente. En la imagen, las manos de Julian estaban trabajando. En una foto hizo zoom; su mirada se detuvo en los ojos del chico. Se quedó observando esa concentración, el pequeño pliegue en su frente y la forma en que mordía ligeramente su labio inferior, mientras Nina preguntaba sobre los nuevos proyectos pendientes.
Pero él no podía evitar mirarlo detalladamente y comparar a Julian con la persona más importante en su vida.
CAPÍTULO 6
El viento le golpeaba la cara con sabor a una felicidad que Julian no había sentido en años. Pedaleaba con fuerza por el sendero del parque, disfrutando de la naturaleza. Habían pasado dos meses desde su ingreso al departamento de diseño y la vida se sentía, por primera vez, bajo control.
El día que recibió su primer pago, enmarcó el correo que le llegó con la notificación, lo imprimió y lo colocó en un marco junto a su cama. Era su trofeo de guerra.
Julian aceleró en una bajada ligera. Cerró los ojos apenas un segundo, dejando que el sol le calentara el rostro. Cuando los abrió, un niño de unos siete años apareció de la nada, cruzando el carril de bicicletas a toda velocidad.
—¡Cuidado! —gritó Julian mientras apretaba los frenos.
La bicicleta derrapó de lado, levantando una nube de polvo y hojas secas. Julian logró desviarse por milímetros, cayendo sobre el césped mientras su bicicleta terminaba a unos metros de distancia. Se levantó rápido, asustado, buscando al niño. El pequeño no lloraba ni gritaba. Se había quedado hecho un ovillo en el suelo, con las manos apretando sus oídos con una fuerza desesperada y los ojos cerrados con fuerza.
Se dio cuenta de que, a unos metros, un taladro neumático estaba perforando el concreto con un estruendo.
Clac. Clac. Clac.
Julian vio cómo el niño se encogía más. Reconoció esa señal de inmediato. Se acercó despacio, bajando el tono de su voz.
—Oye… tranquilo… ya va a pasar…
—¡Kolen! ¡Kolen! ¿Dónde estás? —una voz cargada de angustia cortó el aire.
Julian giró la cabeza y se quedó paralizado. Kai venía corriendo por el sendero con la cara desencajada. Al ver al niño en el suelo, se arrodilló a su lado ignorando por completo la presencia de Julian.
—Kolen, mírame. Soy papá, aquí estoy —dijo Kai, intentando tomar las manos del niño, pero Kolen empezó a emitir sonidos agudos, un gemido constante para bloquear el ruido del taladro.
Kai lo rodeó con sus brazos, apretándolo contra su pecho en un abrazo firme, escondiendo la cabeza del niño en su cuello para amortiguar el sonido.
—Tranquilo, hijo. Ya casi termina. Respira conmigo.
Julian se quedó de pie, observando la escena. El impacto de la palabra «hijo» le dio vueltas en la cabeza. En ese instante, todo lo que pasó en el ascensor cobró sentido. Solo entonces Kai se percató de la presencia de Julian. Su expresión pasó del terror a la sorpresa absoluta.
—No sabía que estabas aquí.
Julian asintió con la cabeza sin saber qué decir; no podía dejar de mirar a Kai. El taladro seguía perforando el concreto como si quisiera atravesar el mundo. El niño se encogía más, con las manos apretando los oídos y los ojos cerrados con fuerza.
Julian entonces recordó y dio un paso al frente. Dudó un segundo. Luego metió la mano en su mochila y sacó el objeto: el temporizador de disco. Lo giró con el pulgar. El rojo apareció. Lo colocó frente al niño, invadiendo su campo de visión.
—Mira esto…
El niño no soltó sus oídos, pero sus ojos se movieron; se clavaron en el rojo. El disco empezó a desaparecer, lento, constante. El ruido seguía, pero los dedos del niño aflojaron un poco. Kai levantó la vista, miró el objeto y luego a Julian.
—Aún lo tienes… —dijo en voz baja.
—Siempre.
El rojo siguió bajando. El niño dejó de hacer el sonido agudo. Sus manos cayeron poco a poco. Su respiración empezó a acompasarse y, después de unos minutos, susurró:
—Quiero… ir al columpio…
Kai cerró los ojos un segundo. Le besó la cabeza.
—Ve, campeón.
El niño salió corriendo. El taladro seguía sonando a lo lejos. Kai se quedó de pie unos segundos más. Luego miró a Julian.
—Gracias —dijo.
Julian se encogió de hombros. Kai lo observó un segundo más. Julian apretó el temporizador en su mano.
—Casi lo atropello… —dijo Julian, señalando la bicicleta a unos metros—. No lo vi venir.
Kai asintió, soltando el aire lentamente. Miró hacia el columpio, asegurándose de que el niño estaba bien. Luego hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera hasta un banco. Se sentaron uno al lado del otro. Durante unos segundos, solo se escucharon las cadenas del columpio.
—Le gustan las cosas predecibles —dijo Kai, sin apartar la vista del niño—. Saber dónde está cada cosa… le da calma.
Julian sonrió apenas.
—Por eso compraste mis diseños.
Kai giró la cabeza y sonrió de lado, asintiendo.
—Sí. Le encantaron —añadió—. Se pasa horas organizando su escritorio.
Julian bajó la mirada con una satisfacción que no tenía nada que ver con el dinero. El viento movió las hojas. A lo lejos, el columpio chirrió. Julian tomó una bocanada de aire, llenando sus pulmones de valor. Había pasado meses buscando al hombre que ahora tenía sentado al lado.
—Te busqué, Kai —soltó Julian, mirando hacia el frente—. Fui al café varias veces y estuve por horas en el ascensor donde te conocí. Necesitaba agradecerte, pero me dijeron que te habías ido. Pensé que no volvería a verte.
Julian continuó antes de perder el impulso.
—Tú me recomendaste a Nadir Kanna. Tú les mostraste mi trabajo. ¿Por qué lo hiciste? Me viste colapsar en ese ascensor y llorar como un niño, Kai... ¿No tienes miedo de que te haga quedar mal?
Kai no respondió de inmediato. Se inclinó hacia adelante y desvió la mirada hacia los columpios; después miró a Julian, que tenía la vista fija en el suelo.
—Julian, mírame —pidió Kai con suavidad. Cuando Julian lo hizo, Kai prosiguió—. Tienes mucho talento. Los retos que te presente la vida los vas a resolver, porque tu mente funciona de una forma brillante. Yo no veo un riesgo; veo una capacidad que el mundo necesita, solo necesitaba el lugar correcto.
Kai hizo una pausa, desviando sus ojos verdes hacia los columpios nuevamente, donde Kolen se balanceaba en su propio mundo de paz.
—Solo... espero que, cuando él crezca, alguien haga por él lo mismo que yo hice por ti —confesó con un matiz de vulnerabilidad—. Alguien que mire más allá de una crisis y vea el valor que hay dentro de él.
Sintió un nudo apretarse en su pecho.
—No te vuelvas a desaparecer —dijo Julian—. Quiero conocerte, Kai.
Kai se quedó en silencio un segundo, procesando lo que estaba escuchando. Lentamente, estiró la mano y la colocó sobre la de él, apretándola.
—No me voy a ninguna parte, Julian —aseguró Kai—. Yo también quiero conocerte.
El aire entre los dos cambió. Kai lo sostuvo con la mirada unos segundos más. Luego sonrió y se levantó.
—Vamos —dijo, haciendo un gesto hacia el columpio—. Antes de que ese vuelva a lanzarse a la pista sin mirar. Hoy vamos a cenar pizza y tenemos que prepararla.
Julian sonrió y siguió a Kai hasta el columpio. El niño saltó del columpio y, para sorpresa de Julian, le extendió su mano para sujetarla. Julian la tomó. Caminaron los tres juntos por el sendero del parque. Salieron del parque y caminaron un par de cuadras hasta llegar a la casa de Kai.
Cuando Julian vio la casa, se quedó sin palabras. Era una construcción de líneas modernas, techos altos y ventanales inmensos que reflejaban el atardecer de Azuria. Estaba a años luz de su mini apartamento donde apenas cabía su impresora y su cama.
—Es impresionante —logró decir Julian al cruzar el umbral.
El interior olía a hogar. Kai dejó las llaves y los guió directamente hacia la cocina, un espacio abierto y moderno.
—¡Pizza! —gritó Kolen, corriendo hacia la isla central.
Mientras Kai sacaba los ingredientes decía nada de masas compradas, Julian. Aquí lo hacemos desde cero —dijo Kai mientras se arremangaba la camisa.
Comenzaron el proceso. Kai le entregó a Kolen un bol pequeño para que mezclara los ingredientes secos. Julian se encargó de verter el agua mientras Kai unificaba la masa. Pronto, la cocina se llenó de nubes de harina. Kolen, en un descuido, metió las manos en la bolsa y comenzó a lanzarla al aire, riendo a carcajadas. Julian y Kai terminaron sucios de harina.
Pasaron un buen rato extendiendo la masa; Kolen jugaba con los trozos sobrantes mientras Kai le explicaba a Julian el secreto de una buena salsa. Finalmente, metieron las pizzas al horno. Durante la espera, Julian se sentía extrañamente feliz; el olor a pizza recién horneada inundaba el espacio y ver a Kolen devorar su cena sin protestar fue la mejor parte de la noche.
—Hiciste un buen trabajo con la masa, Julian —dijo Kai, sosteniéndole la mirada sobre la mesa. Julian sintió que el rostro le ardía, intimidado por la intensidad de esos ojos verdes que parecían ver mucho más allá de la superficie.
Mientras recogían la mesa Julian buscaba entre varias fotos colgada en la pared a la madre de Kolen y no encontró foto de ninguna mujer.
CAPÍTULO 7
Cuando Kai terminó de limpiar la cocina y yo jugaba con Kolen, él recibió una llamada. Parecía que había olvidado una reunión. Se acercó y me pidió si podía cuidar un rato a su hijo mientras terminaba, y yo acepté feliz. Vi en la pantalla como diez personas conectadas y no pude evitar escuchar para saber a qué se dedicaba Kai.
Kai empezó a hablar:
—Hola, equipo. Tenemos seis proyectos simultáneos en el próximo trimestre, va a ser un reto.
Cody preguntó si iba a haber incentivo para el primero que termine. Kai sonrió y dijo:
—Saben que amo la competencia.
Todos aplaudieron celebrando. La reunión se prolongó por unos treinta minutos donde Julian no pudo evitar quedar embelesado con lo que decían.
—Quiero que entreguemos los mejores resultados y ahora en tiempo récord. Me reuniré con cada uno de los equipos para ajustar el plan que Nora y Stella les han enviado. Nos vemos mañana para iniciar.
Julian no podía evitar ver a Kai y sentir admiración, preguntándose cuáles serían esas misiones. Escuchó palabras como «investigación», «dar seguimiento», «tener contacto con el objetivo».
«¿Trabajará Kai como investigador privado?», se preguntó Julian mientras veía a Kai cerrar la laptop con una sonrisa de satisfacción.
CONTINUARÁ….


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