Novela romántica 9: Mensajes en el Cafe por Noor Azur
- Noor Azur

- Jan 15
- 5 min read
Updated: 2 days ago
Te voy a decir algo que no le he dicho a nadie: tengo un secreto. Bueno... dos.
El primero... no sé ni cómo decirlo. Mi jefe me pidió que no lo comentara con absolutamente nadie. Cero. Silencio total. Pero necesito soltarlo, aunque sea un poco. No puedo darte todos los detalles; vas a tener que conformarte con la versión apta para contar.
Aquà va: después de semanas viviendo lo que podrÃa ser el infierno para cualquier jefa de Recursos Humanos -en una empresa gastronómica de alto nivel, con una docena de locales, funcionando apenas con el cincuenta por ciento del personal y habiéndonos gastado toda la reserva de empleados sustitutos-, por fin descubrimos quién estaba saboteando la empresa. Y no te vas a creer quién es. Yo todavÃa no lo proceso. Ayer, cuando me enteré, me servà un shot de tequila. Bueno... dos. OK, tres. Es que de verdad no lo podÃa creer. Y lo peor es que no puedo decÃrselo a nadie, ni siquiera a Galia, mi mejor amiga. Me toca tragarme el secreto y sonreÃr como si nada.
Y ahora... mi segundo secreto: soy una entusiasta del home organizing. Ya lo dije. Y sÃ, tengo una cuenta secreta en TikTok donde subo videos limpiando y organizando mi casa y donde, además, stalkeo otras cuentas como si fuera un deporte olÃmpico. SÃ. Ese es el segundo secreto. Llego del trabajo, dejo el bolso, me quito los tacones, me tiro al sofá... y entro. Y no salgo. Me sumerjo en el ASMR hipnótico de gente rellenando dispensadores, doblando sábanas con una destreza casi poética, pasando una esponja por una mesa hasta que brilla. Y respiro. No sé cómo explicarlo: es como ordenar por dentro viendo a alguien ordenar por fuera.
Si buscas una historia con unas cuantas risas, grandes sorpresas y un romance slow burn, continúa leyendo. Te prometo que, a veces, para encontrar el orden, primero hay que dejar que todo se desmorone.
Prólogo CHLOE
Verano 2024
Me obligué a mantener la espalda recta contra el respaldo de cuero, con las manos entrelazadas sobre el regazo. «¿Quién eres?», pensaba mientras mis uñas se clavaban en las palmas de mis manos por debajo de la mesa. ¿Quién era este extraño que hablaba de algoritmos y preferencias de consumo?
Frente a mÃ, el hombre que durante los últimos seis meses me habÃa hecho creer en la «magia» del destino estaba de pie, ajustándose unos anteojos que jamás le habÃa visto usar. El hombre que se deslizaba entre mis sábanas y que vestÃa siempre jeans desgastados y camisetas de bandas de rock de los 90, ahora calzaba unos zapatos Oxford tan brillantes que podÃa ver mi propia cara de idiota reflejada en ellos.
Diego me miró. Fue un segundo, una fracción de tiempo en la que sus ojos grises se cruzaron con los mÃos. Luego, se volvió hacia la pantalla y empezó a hablar.
—El futuro de la hostelerÃa no es el servicio, es la predicción —la voz de Diego resonó en la sala. Ya no era la voz ronca y cálida que me susurraba al oÃdo los sábados por la mañana; era la voz de un hombre de negocios que estaba presentando un proyecto de millones de dólares. Yo solo conocÃa la versión del chico barista de veintiocho años, apasionado por el café y los videojuegos.
En la pantalla apareció el logo: SensoLab.
«Maldito seas», pensé, sintiendo un sabor amargo subir por mi garganta. HabÃa caÃdo otra vez con otro hombre que me mostraba solo una parte de su vida; Diego editó su realidad para que yo solo viera lo que él querÃa.
—SensoLab no solo lee datos —continuó él, moviéndose con una seguridad que me revolvÃa el estómago—. Aprende patrones sensoriales. Sabe lo que el cliente desea antes de que el cliente lo verbalice.
Recordé nuestras charlas los domingos por la tarde, tirados en el sofá de mi apartamento. Yo le hablaba de mi estrés, de lo difÃcil que era gestionar a los chefs, de la presión de Mosi. Él me escuchaba con atención, me hacÃa preguntas... Dios, ahora lo veÃa. No era interés romántico. Estaba haciendo un estudio de mercado. Estaba extrayendo información de la fuente directa de Recursos Humanos para pulir su propuesta.
Me sentÃa usada. Me sentÃa como una vil espectadora de mi propio naufragio. Silas y Mosi estaban entusiasmados; veÃa a Mosi asentir, fascinado por la capacidad del software para aumentar el ticket promedio. HacÃan preguntas sobre la implementación, sobre la seguridad de los datos. Y cada vez que Diego respondÃa con esa suficiencia encantadora, yo sentÃa un impulso violento de subirme a la mesa, patear su proyector y agarrarlo del cuello hasta que me explicara en qué momento decidió que yo era el peldaño para su ascenso.
Diego hizo un gesto hacia la pantalla y apareció un gráfico dinámico. Un mapa sensorial. Yo era la Cliente 0.
No tenÃa mi nombre, pero yo reconocÃa cada punto. La llegada por el Andino Reserve a las 7:23 a. m. Las notas cÃtricas para el estrés. El equilibrio exacto de amargor. Él estaba exponiendo mi intimidad, mi paladar y mis debilidades frente a toda la directiva como si yo fuera un insecto bajo un microscopio.
—¿Y cómo conseguiste datos tan precisos para el prototipo? —preguntó Mosi, impresionado.
Diego sonrió. Fue una sonrisa breve, profesional, la sonrisa de un hombre que sabe que ha ganado. Me miró apenas un segundo, una fracción de tiempo en la que sus ojos se cruzaron con los mÃos nuevamente.
—Observación directa —respondió él con sencillez—. El diseño de experiencias requiere... proximidad.
«Proximidad». Esa era su palabra para describir los besos en mi terraza. Esa era su palabra para las horas que pasó escuchándome hablar sobre mis cosas personales. Ahora esa cercanÃa me quemaba; cada caricia habÃa sido un análisis, cada confesión una lÃnea de código. No me amaba. Estaba haciendo debugging.
Sentà que la sangre me hervÃa. QuerÃa levantarme, volcar la mesa y borrarle esa expresión de suficiencia de un bofetón. QuerÃa gritarle que era un farsante, un trepador que habÃa usado mi cama como trampolÃn para llegar a esta reunión.
«Respira, Chloe», me ordené, aunque el aire me quemaba los pulmones. «No le des el espectáculo que espera. SonrÃe. Deja que crean que tiene el control. Ya saldremos de esta sala de reunión».
Miré el marcador negro sobre la mesa y me imaginé clavándoselo en la yugular. Él seguÃa hablando de «escalabilidad» y «mercados», pero para mà solo era ruido de interferencia. En mi cabeza, yo ya estaba planeando su funeral.
—Es brillante, Morrison —dijo Mosi, mi jefe, dándole un golpecito a la mesa—. Simplemente brillante.
Diego asintió, humilde de forma falsa, mientras cerraba su laptop. La reunión habÃa terminado. Él habÃa conseguido el contrato. Yo habÃa conseguido una cicatriz nueva.
Mis compañeros empezaron a aplaudir cuando terminó la presentación. Mosi se levantó para estrecharle la mano, y yo sentà que mis piernas estaban hechas de gelatina. TenÃa que salir de allÃ. La urgencia de correr, de escapar de esa farsa, era casi incontrolable. QuerÃa gritarle que era un mentiroso, un oportunista, un hombrecito ambicioso que usó el sexo y el afecto para saltarse los protocolos y llegar directo a los dueños.
—Excelente trabajo, Diego —dijo Silas, volviéndose hacia m×. Chloe, tienes un ojo clÃnico para las amistades. Este software va a revolucionar el holding.
Forcé una sonrisa que debió parecerse más a una mueca de dolor. No dije nada. Si abrÃa la boca, no saldrÃan palabras; saldrÃa fuego.
Me levanté con toda la dignidad que pude reunir, ajustándome la falda de tubo como si fuera una armadura. Salà de la sala sin mirar atrás, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda.
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Relato escrito por Noor Azur 💖




